Margarita Díaz Rubio (*)

¿Qué es ese algo tan intangible pero tan necesario para nuestra vida y para la sociedad? ¿Por qué, cuando sucede un acto humano que está fuera de las normas dignas del hombre, pensamos: “No hay conciencia”?

La conciencia nos dice, muy dentro de nosotros, si nuestros actos son buenos o malos, positivos o negativos. No se le puede engañar, pues a la larga viene el reclamo interior.

Tenemos la obligación de seguir nuestra conciencia, pues ella nos testifica y nos obliga a obrar bien. La ley de Dios fija la conciencia y éstas, ley y conciencia, deben trabajar juntas y unidas.

La conciencia nace, crece y se desarrolla. No podemos comprarla en la tiendita de la esquina o en el mercado, aun teniendo todo el oro del mundo. Y también se deforma, con mucha facilidad, debido a diversos elementos externos, los cuales nos llevan a una desconcienciación.

Debemos formarla cotidianamente o corremos el riesgo de apagarla, riesgo que nos debería hacer temblar pues con ello perderíamos nuestra esencia de ser humanos: seres humanos con responsabilidad propia y con responsabilidad hacia nuestros semejantes.

El mundo actual nos lleva hacia una tibieza espiritual y hacia una irreflexión continua, lo cual desemboca paulatinamente en una preocupante insensibilidad humana y social.

Presidenta del Patronato Pro Historia Peninsular de Yucatán.

 

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