PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA
“El Señor nuestro Dios es el único Señor”
San Marcos presenta la escena de hoy como una sincera consulta de un letrado a Jesús. Esa pregunta por el primer mandamiento no era nueva en las escuelas rabínicas, en las que se distinguía entre mandamientos “graves” y “leves”, ni carecía de interés ante la multitud de prescripciones legales que debían observar los judíos. La respuesta de Jesús recoge literalmente el pasaje del Dt 6,4s., pero le añade el mandamiento del amor al prójimo que en el Antiguo Testamento se encuentra en otro contexto. Ambos mandamientos, unidos, forman para Jesús el mandamiento supremo: “No hay mandamiento mayor que estos”. En este mandamiento del amor a Dios y al prójimo se expresa la verdadera esencia de la más profunda piedad.
Y así lo reconoció aquel letrado que hizo la pregunta; por eso subrayó que cumplir ese mandamiento “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Ahora bien, Jesús reunió ambos mandamientos en el mandamiento del amor, de suerte que el verdadero culto a Dios no puede separarse del amor al prójimo, del amor a todas las personas. Más aún, como dirá más tarde el apóstol Santiago, el amor al prójimo es “la religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre”. Por eso se alegró Jesús y manifestó su gozo al ver que ha sido rectamente comprendido por este letrado.
Así pues, el “primero de todos los mandamientos” es la lámpara que ilumina el recorrido de la vida cristiana incluso cuando llega la noche de la duda, del egoísmo, de la indiferencia. Jesús formuló este principio de vida a través de aquel diálogo que nos refiere san Marcos, en donde aquel escriba no sólo escuchó sino que también comprendió y excavó ulteriormente dentro de la lección aprendida.
Este episodio de hoy es un himno al amor total, personal, exclusivo por Dios, es el canto de la fe pura y del abandono confiado de todo el ser al Señor. Y, a este mandamiento, Jesús asoció el “segundo mandamiento” de tal manera que se fundieron en un único mandamiento. De este modo, el corazón de la ley divina no está en un acto particular y privado, sino en una actitud radical y permanente.
Aquel escriba entendió muy bien la lección que le dio Jesús: “Amar a Dios.. y al prójimo.. valen mucho más que todos los holocaustos y sacrificios”. Esto significa que las ceremonias y los actos de piedad no tienen sentido si no van acompañados por la fe, por el amor, por la vida justa. Los dos amores, a Dios y a los demás, deben entrelazarse en la vida diaria.
Hermann Hesse escribió que “cuando estamos íntimamente llenos de Dios en nuestro corazón, sucede que él se asoma desde nuestros ojos, desde nuestros actos y desde nuestras palabras y habla también a los demás que no lo conocen y no lo quieren conocer”.
