“Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante”, afirma el presbítero Alejandro Álvarez Gallegos, coordinador diocesano de la Pastoral de la Vida, al compartir la posición de la Iglesia ante la eutanasia.
“Nadie puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata, en efecto, de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad”, opina el sacerdote al preguntarle sobre el caso del actor francés Alain Delon, de 86 años de edad, que en días pasados dio a conocer su deseo de usar la eutanasia como un escape a sus problemas de salud.
El presbítero expresa que en algunos casos el dolor prolongado e insoportable induce a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros. “El error de juicio de la conciencia —aunque fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí es siempre inadmisible”.
“Las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; éstas en efecto son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y de afecto”, agrega el padre.
“Además de los cuidados médicos, lo que necesita el enfermo es el amor, el calor humano y sobrenatural, con el que deben rodearlo todos aquellos que están cercanos, padres e hijos, médicos y enfermeros”, plantea.
Los derechos y valores inherentes a la persona humana ocupan un puesto importante en la problemática contemporánea. El padre Álvarez retoma el Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual ha reafirmado solemnemente la dignidad de la persona humana y de modo particular su derecho a la vida. Por ello ha denunciado los crímenes contra la vida, como “homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia, y el mismo suicidio deliberado” (Gaudium et Spes, 27).
En la sociedad actual, en la que no raramente son cuestionados los mismos valores fundamentales de la vida humana, la modificación de la cultura influye en el modo de considerar el sufrimiento y la muerte; la medicina ha aumentado su capacidad de curar y de prolongar la vida en determinadas condiciones que a veces ponen problemas de carácter moral. Por ello los hombres que viven en tal ambiente se interrogan con angustia acerca del significado de la ancianidad prolongada y de la muerte, preguntándose consiguientemente si tienen el derecho de procurarse a sí mismos o a sus semejantes la “muerte dulce”, que serviría para abreviar el dolor y sería, según ellos, más conforme con la dignidad humana.
Por lo que se refiere a quienes profesan otras religiones, “muchos admitirán con nosotros que la fe —si la condividen— en un Dios creador, providente y señor de la vida confiere un valor eminente a toda persona humana y garantiza su respeto”.
El valor de la vida
La vida humana es el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición necesaria de toda actividad humana y de toda convivencia social. Si la mayor parte de los hombres cree que la vida tiene un carácter sacro y que nadie puede disponer de ella a capricho, “los creyentes ven a la vez en ella un don del amor de Dios, que son llamados a conservar y hacer fructificar”, subraya el presbítero. De esta consideración brotan las siguientes consecuencias:
- Nadie puede atentar contra la vida de un hombre inocente sin oponerse al amor de Dios hacia él, sin violar un derecho fundamental, irrenunciable e inalienable, sin cometer, por ello, un crimen de extrema gravedad.
- Todo hombre tiene el deber de conformar su vida con el designio de Dios, pues ésta le ha sido encomendada como un bien que debe dar sus frutos ya aquí en la tierra pero que encuentra su plena perfección solamente en la vida eterna.
- La muerte voluntaria, es decir el suicidio, es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor. Además, el suicidio es a menudo un rechazo del amor hacia sí mismo, una negación de la natural aspiración a la vida, una renuncia frente a los deberes de justicia y caridad hacia el prójimo, hacia las diversas comunidades y hacia la sociedad entera, aunque a veces intervengan, como se sabe, factores sicológicos que pueden atenuar o incluso quitar la responsabilidad.
Se deberá, sin embargo, distinguir bien del suicidio aquel sacrificio con el que, por una causa superior —como la gloria de Dios, la salvación de las almas o el servicio a los hermanos— se ofrece o se pone en peligro la propia vida.
La eutanasia
La palabra eutanasia significaba en la antigüedad una muerte dulce sin sufrimientos atroces. “Hoy no nos referimos tanto al significado original del término, pues la intervención de la medicina está encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y de la agonía, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la vida”.
Además el término es usado, en sentido más estricto, con el significado de “causar la muerte por piedad”, con el fin de eliminar radicalmente los últimos sufrimientos o de evitar a los niños subnormales, a los enfermos mentales o a los incurables la prolongación de una vida desdichada, quizás por muchos años, que podría imporner cargas demasiado pesadas a las familias o a la sociedad.
“Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa en el nivel de las intenciones o de los métodos usados”, plantea el sacerdote.
“Si por una parte la vida es un don de Dios, por otra la muerte es ineludible; es necesario, por lo tanto, que nosotros, sepamos aceptar la muerte con plena conciencia y dignidad”, opina el padre, quien es párroco del Sagrado Corazón de Jesús.
“La muerte pone fin a nuestra existencia terrenal, pero, al mismo tiempo, abre el camino a la vida inmortal. Por eso, todos los hombres deben prepararse para este acontecimiento a la luz de los valores humanos y, más aún, a la luz de su fe”.
Por último, recomienda a los que se dedican al cuidado de la salud pública “no omitir nada a fin de poner al servicio de los enfermos y moribundos toda su competencia; acuérdense también de prestarles el consuelo de una inmensa bondad y de una caridad ardiente. Tal servicio prestado a los hombres es también un servicio prestado al mismo Señor, que ha dicho ‘Cuantas veces hicísteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicísteis’”.
