Una interesante conferencia titulada “El impacto del meteorito de Chicxulub y la quinta extinción masiva” fue impartida ayer por los investigadores Dra. Ligia Pérez Cruz y el Dr. Jaime Urrutia Fucugauchi en el auditorio del Instituto Tecnológico Superior de Progreso (ITSP).

Se trató de una amena charla organizada por el Ayuntamiento de Progreso y a la cual asistieron numerosos miembros de la comunidad académica y estudiantes del ITSP.

A nombre del ayuntamiento de Progreso, la síndico municipal Patricia Rosado González agradeció la participación de los ponentes y la presencia de los catedráticos y alumnos de este Instituto, los cuales tienen un particular interés por este tema por el significado que este acontecimiento tuvo en esta zona de la Península y definió el curso de la historia.

La Dra. Pérez Cruz comenzó la conversación hablando precisamente de la temporalidad de los hechos que marcaron la extinción de los dinosaurios en la Tierra, ubicó el impacto del meteorito hace 66 millones de años, es decir en los límites del período Cretácico y Paleógeno.

Asimismo, aclaró que en esos momentos la conformación de la Tierra no era como la conocemos hoy día geográficamente: las masas terrestres que hoy conforman los continentes eran muy cercanas entre sí posibilitando la migración de las especies de dinosaurios.

De hecho para aquel entonces lo que hoy es la Península de Yucatán se ubicaba bajo el mar, 200 metros por debajo de la superficie marítima.

Un meteorito, de unos 15 kilómetros de diámetro, impactó en esta zona con la fuerza de 10,000 millones de bombas atómicas, creando un cráter de 200 kilómetros de diámetro y cerca de 20 kilómetros de profundidad; nada a 2,000 kilómetros a la redonda sobrevivió. El calor generado por el impacto fue equivalente a 500 grados centígrados, lo que provocó gigantescos incendios en las zonas de vegetación.

La quinta extinción

El Dr. Jaime Urrutia indicó que a este acontecimiento se le llamó la quinta extinción, debido a que los científicos han establecido ciertas temporalidades en las cuales se logran establecer determinados fenómenos de extinción de especies, pero la extinción masiva de hace 66 millones de años es quizá la mejor documentada, contundente y la que más pruebas aporta para sustentar y comprender las implicaciones que el suceso tuvo, pues desaparecieron cuatro de cada cinco especies existentes, la gran mayoría terrestres, no así los especímenes marinos, que prácticamente sobrevivieron en su mayoría.

Los cocodrilos fueron una de las pocas especies de saurios que sobrevivieron a la extinción, así como una gran variedad de mamíferos.

No solo el impacto del meteorito fue la causa de la extinción, todo el sedimento que arrojó a la atmósfera el choque provocó una contaminación que impedía el paso de la luz solar hasta la Tierra, lo que impedía el proceso de fotosíntesis de las plantas, muchas de las cuales fueron desapareciendo dejando sin alimento a los pocos sobrevivientes. Otras consecuencias del impacto fueron la lluvia ácida y tsunamis con olas de más de 150 metros de altura.

Pequeños mamíferos que habitaban bajo la tierra, en zonas cavernosas y que se alimentaban principalmente de raíces, lograron sobrevivir, emergieron a la superficie e incluso evolucionaron para ocupar los lugares que antes eran de los reptiles.

Las especies cambiaron, evolucionaron y crecieron, alcanzando dimensiones importantes sin llegar a semejarse a las de los dinosaurios.

El cráter de Chicxulub no es visible porque ha quedado sepultado bajo toneladas de sedimento depositadas a lo largo de los años, de hecho la Península emergió del mar y por eso el centro del impacto fue ubicado geográficamente en lo que hoy es Chicxulub, la mitad mar adentro y la otra mitad tierra adentro.

El anillo de los cenotes que se ubican en Yucatán son la prueba del alcance que tuvo el impacto del meteorito por las formaciones cavernosas que provocó.

Un dato curioso que se comentó brevemente en la charla es que el tiranosaurio, que hizo famoso la película “Parque Jurásico”, en realidad no existió en esta temporalidad, su existencia se ubica millones de años después, precisamente hacia el período Cretácico.— Emanuel Rincón Becerra

 

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