Un querido lector me envió un correo preguntando acerca de los tipos de corcho y si inciden o no en la guarda del vino, lo que me pareció un buen tema para la columna.
El corcho que conocemos en la actualidad fue inventado por el monje Dom Perignon, quien estaba harto que su vino se escurriera al no tener una tapa que resistiera a la presión de sus primitivos espumosos. Se le ocurrió tapar sus botellas con un pedazo de la corteza de árbol y así comenzó la historia de los corchos.
El corcho es precisamente la corteza impermeable de un árbol llamado alcornoque, que se extrae cada nueve años aproximadamente de forma manual y en una única pieza cilíndrica.
El auténtico corcho (no los tapones de plástico ni las imitaciones de corcho que son destinados a los vinos más jóvenes) posee dos cualidades: flexibilidad e impermeabilidad, lo que le permite adaptarse a la perfección al cuello de la botella y al mismo tiempo la obtura o cierra por completo.
Ni una sola de las calidades organolépticas del vino debe escaparse de la botella antes de ser abierta.
El corcho longevo, como les decía, aguanta el paso del tiempo y no sufre frente a los cambios de temperatura. Pero tiene un problema no es eterno, ya que tres factores externos pueden echar a perder su vino: el exceso de sequedad en el ambiente, que la botella permanezca de pie en vez de estar acostada y el ataque de ciertas bacterias.
Los dos primeros casos son fácil de resolver —la cava debe mantener un buen clima húmedo y conservemos la botella en reposo de modo horizontal— pero el tercer caso es algo complicado, ya que las bacterias producen hongos y pueden echar a perder el vino dándole un sabor a corcho, que es cuando decimos “el vino está encorchado”.
Los corchos tienen como estándar un diámetro de 24 milímetros y se comprimen hasta 18.5 milímetros antes de colocarse.
Los más utilizados generalmente son los corchos largos (aquellos destinados por los grandes bodegueros y las vinícolas más prestigiadas para proteger vinos que vayan a envejecer por décadas), los corchos cortos (se emplean para vinos jóvenes o con una vida útil mucho más corta) y los de aglomerado (se realizan con pedazos de alcornoque amalgamados para vinos normales o algunos espumosos, generalmente tienden a ser más económicos).
Los vinos espumantes o champagne poseen una parte larga de corcho aglomerado bajo la cual se encolan dos capas de corcho uniforme, es la única parte que entra en contacto con el líquido. Su forma de hongo se debe que solo se comprime la base y puede resistir la presión de los vinos espumosos.
Hasta aquí le ponemos el tapón a este artículo, espero haya sido de su agrado y nos vemos la próxima semana. ¡Salud y que viva el vino!
