Se dice que en una de las tantas veces en que el violinista David Óistraj fue jurado del Concurso Tchaikovsky, un participante tocó a la perfección el Concierto para violín y orquesta de Sibelius, incluyendo el momento más complicado en el que la mayoría de los instrumentistas “resbalaban”.
Cuentan que todos en la sala se sorprendieron, incluido Óistraj, uno de los mejores violinistas de la Historia, quien giró hacia su compañero de jurado y le dijo: “¿Ven cómo ha tocado esa culminación? Yo también soy capaz de tocarlo igual que él, pero cuando estoy solo en casa”.
“En casa todo nos sale superbien, pero cuando llegamos al escenario cambia todo”, señaló el pianista español José Luis Nieto, tras compartir la anécdota en la charla “El arte de tocar en público”, que impartió ayer en la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY).
En la plática, a la que asistieron profesionales y estudiantes de música, el maestro Nieto resaltó que el arte de tocar en público debería enseñarse en las escuelas de música, pues es difícil subirse a un escenario a tocar, incluso más difícil que a hablar.
Afirmó que tocar en público enriquece a todos los músicos, pero, además, cierra el círculo de la vida de una obra.
“La obra nace en la mente de un compositor, a través de las emociones que siente y plasma en un papel. Nosotros los músicos interpretamos esas emociones y llegamos al corazón del espectador. En ese momento en que logramos emocionar al espectador se cierra el círculo perfecto de la obra musical. Yo estoy de acuerdo con que el intérprete que no toca en público deja incompleto ese círculo”.
En otra parte de la charla, José Luis Nieto compartió que no es igual tocar desde la posición de solista que en el último atril de una orquesta sinfónica.
“Cuando el formato es más grande, la responsabilidad está más repartida y la tensión también se reduce”, señaló.
Al compartir lo que no se debe de hacer a la hora de tocar en público, José Luis Nieto recordó que su madre le insistía en que tomara un té de tila para relajarse.
“Yo siempre he sido muy rebelde y nunca acepté. Algo dentro de mí decía que eso (sentirse nervioso) estaba bien, pero mi madre pensaba que si los nervios eran un problema había que anularlo. Yo creo que era un error, porque los nervios son un instrumento fantástico de energía, porque cualquier solista necesita de energía para un recital”.
Agregó que, más que eliminar el miedo, hay que aprender a convivir con él, a manejarlo y direccionarlo.
Y es que, agregó, un amigo le contó que lo que experimenta un músico cuando sube a un escenario es similar a lo que experimenta una persona cuando está en peligro. “Mi amigo me decía que tenemos unas glándulas que emanan un sudor que huele más intenso que cuando hacemos ejercicio físico. Yo, por ejemplo, huelo peor cuando doy un concierto que cuando voy al gimnasio”.
Claro, continuó, se activa un mecanismo de defensa, porque cuando uno está en peligro se paraliza o corre o se enfrenta a la amenaza.
“El miedo escénico es un problema y, como todos los problemas, cuando los enfrentamos somos capaces de reducirlo; si los evitamos, vuelven (…) Igual que otros problemas, el miedo escénico se resuelve verbalizando: hablando y platicando de él. Hablen de ellos, reflexionen y encuentren sus propias soluciones”.
En su caso, le funciona reírse y prestar atención al discurso interior que tiene en momentos difíciles, como cuando compara el camino a la silla eléctrica con el instante previo a salir al escenario. “Les aseguro que los más grandes intérpretes de la historia han experimentado, al igual que ustedes, dudas e incertidumbres en momentos difíciles. No es un hecho ni estar peor o mejor preparado, simplemente es una condición humana. Mozart, Beethoven, Rachmaninov, Chopin y cualquiera que se les ocurra han sentido lo mismo que ustedes”.— Jorge Iván Canul Ek
