“¿Dónde están los otros nueve?”

Los judíos consideraban la lepra como un castigo especial de Dios; de ahí que el leproso fuera considerado como un muerto para la sociedad y se le obligara a vestir como se vestía a los muertos: ropas desgarradas, cabelleras sueltas, barba rapada. Vivían en las afueras de los pueblos y todo lo que ellos tocaban se consideraba impuro, por lo que tenían obligación de anunciar su presencia desde lejos, ya sea gritando que se acercaba un leproso o tocando alguna campanilla. Eran “impuros” ritualmente y vivían una especie de vida de excomulgados. En caso de obtener la curación, necesitaban presentarse a los sacerdotes y someterse a una especie de reconciliación cultural con la comunidad. Entonces los sacerdotes les daban de alta.

Jesús mandó a los leprosos que se pusieran en camino para ser reconocidos por los sacerdotes como gente sana; pero, antes de curarlos, los sometió a prueba y les exigió un acto de fe. Solo el samaritano volvió para alabar a Dios y reconocer en Jesús al Rey-Mesías. Esa postración delante de Jesús no fue un acto de adoración, sino el reconocimiento de su realeza mesiánica.

Los otros nueve no volvieron. El samaritano dio el paso de una fe incipiente a una fe más perfecta, de la fe que el milagro presupone como condición, a la fe que se sigue del milagro.

Para comprender la amargura del leproso en el antiguo Israel basta evocar las páginas del libro del Levítico en las que la lepra se considera un pecado abominable y, por tanto, raíz de excomunión y de condena (capítulos 13-14). Los diez leprosos, después del encuentro con Jesús, quedaron curados; pero solo al leproso samaritano Jesús le dirá: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”. Todos quedaron curados, pero solo uno fue salvado.

El samaritano fue salvado por su fe, por su retorno-conversión no hacia un sanador, sino hacia Cristo salvador. San Lucas dibuja el retrato del perfecto creyente en adoración ante su Señor: “Regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio las gracias”.

Así, Jesús, rompiendo la tradición que condenaba al leproso al aislamiento y a la vergüenza, se acercaba, lo tocaba y lo reconducía a la vida comunitaria. Esta conducta misericordiosa de Jesús sacaba al leproso del sufrimiento y de la humillación. De ese gesto de liberación del dolor, brotó el gesto desconcertante de San Francisco de Asís de abrazar a aquel leproso y beber el agua con la que había lavado las llagas en señal de comunión plena con su dolor. Pensemos, finalmente, en el beato padre Damián en la isla de Molokai…

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán