El gran conocimiento de William Shakespeare del alma humana y el florecimiento del teatro isabelino, dirigido por dramaturgos como Shakespeare y Christopher Marlowe, queda de manifiesto en la puesta en escena “La noche que jamás existió”.
“Sería el inventor de lo humano de no existir Dios”, dice sobre el poeta la reina Isabel I, interpretada por Silvia Káter, graciosa, poderosa y apasionada en esta puesta en escena dirigida por Nelson Cepeda Borba, cuyo trabajo nunca pasa inadvertido por su sensibilidad.
Premio nacional de Dramaturgia para su autor, Humberto Robles, “La noche que jamás existió” trata de una peculiar petición que le hace la reina Isabel I a Shakespeare: que le enseñe qué es amor.
Y es que “una reina no es una mujer”, dice quien solo conoce el amor de sus padres o de su pueblo, pero jamás el de un hombre. Como se sabe, a medida que envejecía, Isabel I se hizo famosa por su virginidad.

“Las mujeres nunca han te nido el poder sobre sus vidas, salvo algunas excepciones”, agrega esta monarca conocida por carismática y obstinada.
El peso de un personaje como Shakespeare recayó en los hombros del actor Alfonso “Poncho” Medina, quien nos transporta con convicción y pasión por escenas de obras como “Hamlet”, “Romeo y Julieta” y “Otelo” de la mano de Silvia Káter, cuyo dominio de la escena se hace cada vez más evidente a medida que evoluciona su personaje.
Ambos, Medina y Káter, transitan por la tragedia y la comedia en un balance que se agradece y se disfruta, y que humaniza la personalidad de culto de Isabel I permitiéndole rabietas y caprichos (se dice que tenía muy mal carácter).
Así, la reina conocerá el amor frustrado, el no correspondido, el correspondido pero que termina en tragedia, el amor lésbico y el amor homosexual, todos los ángulos, sinsabores, angustias y gozos de este sentimiento que todos alguna vez han experimentado de una u otra forma, para bien o para mal, le son transmitidos por Shakespeare a la quinta y última monarca de la dinastía Tudor, hija de Enrique VIII y Ana Bolena, decapitada por órdenes de su propio marido, por infiel.
Varias reflexiones en “La noche que jamás existió”
Y mientras toma lecciones sobre el amor, la Tudor Corazón de León, cabello de fuego, pálida como el papel, reflexiona sobre temas como la justicia, la religión y el teatro mismo, prohibido para las mujeres de su época, por lo tanto los personajes femeninos eran interpretados por hombres.
Y es ahí donde el juego de roles común en las obras de Shakespeare se plasma en escena, pues vemos tanto al actor como a la actriz que interpretan a la reina y al Bardo de Avon actuar a su vez como los personajes del escritor, y mediante accesorios tan simples como una peluca o una barba transformarse en el sexo opuesto.
El “señor de la escena” le enseñará a la reina el suplicio y el deleite, los celos, el cortejo, las señales confusas del amor, a jamás confundir amor con pasión, hasta que comprenda que “morir amando y siendo amado debe ser la mejor de las dichas”.
En el camino hay interesante reflexiones sobre el poder del teatro al invitar a la reina a imaginar Venecia o en afirmaciones como “cualquier lugar puede ser un teatro” o “el teatro es un mundo de mentiras para revelar un cúmulo de verdades”. En el primer caso podríamos decir que cualquier escenario, por sencilla que sea la escenografía, si es un buen montaje, como este, puede ser un castillo, un balcón, un salón de baile o Venecia misma.
Al talento de los actores se suma la delicadeza dancística de Sihan Charruf, una especie de “aparición” que acompaña las historias. El diseño de iluminación es de Edward Chan, diseño sonoro y música original de Gabriel Moreno, diseño de vestuario de Nelson y Víctor Franco, coreografía escénica de Pablo Mercader y escenografía de Matteo Montini.
La obra se presentará el 30 de noviembre y 1 de diciembre en Casa Faller, a beneficio de Construyendo Sonrisas, en horario por confirmar.— Patricia Garma Montes de Oca
