Es indudable la rapidez con la que experimentamos los cambios de este mundo siempre en continuo progreso. La sociedad que hoy tenemos ha visto pasar apresuradamente las ideas que nos van conformando como seres en apertura y constante transformación; no obstante, hay propuestas que nos llegan para sugerirnos modificar nuestro modo de vivir, de expresarnos e incluso de manifestar lo que creemos, pero que a lo mejor tendríamos que analizar con más equilibrio y profundidad por tocar realidades que son parte del sentir del pueblo.

Esto lo menciono porque ha llegado a mí la noticia de un proyecto de sentencia que propone prohibir la colocación de belenes o cualquier otro símbolo que mencione una convicción religiosa.

Ciertamente vivimos en un estado laico y las consecuencias que de esto se derivan son evidentemente el distanciamiento de credos y religiones, pero hay tradiciones y costumbres que a pesar de estar vinculadas con realidades espirituales son portadoras de valores universales, son transmisoras de bondad e ideas que elevan el espíritu humano.

En el semanario católico de información “Desde la fe”, los obispos mexicanos “dejaron en claro que el estado laico no puede ser comprendido como la ausencia, la falsa neutralidad de lo religioso”.

Indudablemente el uso de la libertad es respetable a la hora de optar por lo que se cree, sin embargo, no se puede impedir o prohibir lo que en conciencia uno decida como bueno para su vida y espiritualidad.

El pesebre y otros tantos signos de devoción que hoy están presentes en nuestra sociedad son la más clara manifestación de que el hombre es por naturaleza religioso y que detrás de cada imagen está la aspiración de llegar a encarnar y hacer realidad el misticismo que encierran.

Por lo tanto, en sintonía con los obispos creo prudente expresar que “las creencias religiosas en el mundo, presentes desde siempre, tienen manifestaciones concretas que no se pueden negar. La creencia no es una idea, sino una opción, una forma de vida, que va haciéndose cultura”.

La exposición pública de objetos y signos religiosos no es un peligro o una violación a la dignidad de las personas no creyentes, ni tampoco una amenaza o acto discriminatorio, sino que es sencillamente la demostración de lo que todo hombre lleva en su interior: la aspiración por la trascendencia.

De este modo hoy nos corresponde hacer una reflexión seria e imparcial con respecto a este punto en donde lo espiritual pretende ser exiliado de la vida pública, nos concierne defender aquello que nos eleva a pensar y nos hace compartir en lo cotidiano los más altos valores morales.

Veo con esperanza el discernimiento que hará la primera sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación con respecto a esta demanda, para ser evaluada con el espíritu de buscar el bien común y lo mejor para todos los ciudadanos a fin de promover reformas que sean positivas y nos unan en lo verdaderamente esencial.

Párroco de Santa Rosa de Lima. padrerolandocastillo@icloud.com

 

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