Era mago. El Tío Salim era mago. En todo tiempo y lugar. De picos de gracia hacía aparecer sonrisas en el mar de niños en aquellas mañanas de festejo por los campos del club deportivo Palestinos.
Hacía aparecer alegrías cuando las cámaras de televisión lo enfocaban —flexible lumbre— en compañía de Cuxo y demás muñecos que le tenían insólitas y familiares camaraderías.
Entre el sombrero de copa de su vasta experiencia hacía surgir esperanzas cívicas en aquéllos que compartíamos con él —de vez en cuando— un matutino café en armónico, fraternal conjunto.
Hombres como Salim Alcocer Lixa —leales, afables, generosos— discurren en las venas de nuestra sociedad ensanchando benéficamente los aires cotidianos y dejando en alto ejemplos de oficio profesional mantenido con orgullo.
Salim inicia viaje precisamente en el Día del Escritor (20 de diciembre), sencillo forjador de diálogos y muestras de lenguaje no verbal que se apoderaban de espíritus infantiles y conciencias no viciadas de egoísmo. Ahora, quienes prevemos ese futuro que afila sus navajas en silencio, sabemos que el Destino —prestidigitador ineludible— podrá privarnos de presencias físicas, pero nunca de las transitivas, dulces aguas del recuerdo.
Tío Salim… mago eres… y lo serás siempre en los insolados ojos de quienes, alguna vez, fortuna nuestra, tuvimos el placer de conocerte.
Cronista de la Ciudad
