De manera extremadamente veloz hemos llegado de nuevo a la gozosa celebración de la Navidad. La Iglesia nos invita siempre a prepararnos para intentar sumergirnos un poco en el más grande misterio de Dios: la Encarnación de su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor. Es el misterio del Dios Todopoderoso, el Creador de todo cuanto existe, el que no tiene principio ni fin, que se hace pequeñito y toma nuestra condición humana en el seno virginal de la Santísima Virgen para revelarnos la Verdad, único camino hacia la verdadera libertad y ofrecernos la salvación, por toda la eternidad.
Este año en la iglesia de la Madeleine en París, un artista contemporáneo Benoit Dutour representó el nacimiento de Jesús, por medio de una composición de luces y lágrimas y como él mismo dice: “Por medio de esta instalación, deseo iniciar un diálogo con los visitantes sobre la cuestión universal del misterio de la natividad”
El párroco Mons. Chauvet invita a contemplarlo, meditando en un antiguo himno compuesto en el siglo XVII, inspirado en profetas y patriarcas y que por mucho tiempo se cantaba a lo largo del adviento basado en el profeta Isaías (Is. 45, 8): El “Rorate Caeli” es considerado una de las más bellas composiciones no solo del Adviento sino de todo el repertorio litúrgico de la historia del Cristianismo. Un himno que escuchado con atención, no dejará indiferente a nadie.
Para introducirse en él, es necesario leerlo despacio imaginando la situación de sufrimiento de quien lo canta; el cantor compara su situación con la destrucción de Jerusalén a manos de sus enemigos; recuerda que en donde antes había alegría y se cantaba la Gloria, ahora solo queda tristeza y un silencio de muerte. ¿Qué ha pasado? Es el pecado que los ha apartado de Dios y los ha sometido a la opresión y a la esclavitud; los ha dejado como hojas caídas arrasadas por el viento; sumergidos en su propia maldad, no pueden ver la luz y les ha quedado oculto el rostro de Dios. En esta situación de sufrimiento y de oscuridad que no parece tener salida, el autor reconoce que las armas que han de usar no son las del mundo sino el poder de Dios que es el único capaz de destruir las fortalezas que el enemigo ha levantado a su alrededor y entonces recuerda la promesa de Dios de enviar un Salvador. Como los deportados en Babilonia o los esclavos en Egipto, el cantor clama a Dios desde el fondo de su corazón y le suplica que venga a liberarlos de la esclavitud y de la opresión y a consolarlos en su aflicción.
“¡Que los cielos, desde las alturas, derramen su rocío; que las nubes hagan llover la victoria; ábrase la tierra y brote la felicidad y, al mismo tiempo, ella haga germinar la justicia! Soy Yo, el Señor, la causa de todo eso (Is. 45, 7-8)”.
El “Rorate Caeli” representa magistralmente el espíritu de súplica y espera del Adviento, pues hace referencia al cumplimiento de la promesa profética de la venida de Cristo como Salvador que es al mismo tiempo signo y señal de su segunda venida como justo juez.
En la última estrofa, es el mismo Señor el que habla, para consolar a su pueblo con una ternura que conmueve el corazón. Como un padre al hijo que se despierta asustado por la noche, le dice: “No temas, estoy aquí, ya llego junto a ti”. Estas palabras nos recuerdan la llegada de la Virgen de Guadalupe a lo que hoy es México en 1531, en una situación similar.
Estamos viviendo un tiempo con características muy semejantes al tiempo de Isaías y al momento del nacimiento de Cristo. Hoy urge una intervención de Dios para quitar el manto de oscuridad que envuelve la tierra entera, derribar las fortalezas que se han construido a nuestro alrededor y devolvernos la paz y la alegría. Sin duda alguna, Dios tiene para el mundo y para cada uno de nosotros la misma respuesta que tuvo para ellos pero necesitamos como ellos, clamar a Dios desde el fondo de nuestro corazón y reconocer que la única causa de nuestros males es el pecado en que hemos caído y que impide que nos lleguen las bendiciones de Dios.
Esta Navidad, que no sea una más de fiesta y de alegría externa, sino un reconocimiento sincero delante del Niño Jesús, de lo que hemos hecho mal, supliquemos a Dios que viene, su perdón y entonces clamemos con la confianza de niños, su infinita misericordia.
Después, celebremos el gran gozo de la navidad que es la certeza de que no estamos solos.
Rorate Caeli
Destilad cielos
Destilad, cielos, el rocío;
lloved, nubes, al Justo.
No te enojes Señor,
no te acuerdes más de nuestra maldad.
La ciudad del Santo está desierta;
Sión ha quedado arrasada,
Jerusalén, desolada,
la casa de tu santidad y tu gloria,
donde te alabaron nuestros padres.
Destilad, cielos, el rocío;
lloved, nubes, al Justo.
Hemos pecado y estamos manchados.
Hemos caído como las hojas
y nuestras maldades nos arrastraron como el viento.
Nos escondiste tu rostro
y nos dejaste con nuestra iniquidad.
Destilad, cielos, el rocío;
lloved, nubes, al Justo.
Mira, Señor, la aflicción de tu pueblo
y envía al Prometido:
envíanos al Cordero que rige la Tierra,
desde el desierto de Petra
hasta el monte de la hija de Sión,
para que rompa el yugo de nuestra esclavitud.
Destilad, cielos, el rocío;
lloved, nubes, al Justo.
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Consuélate, pueblo mío, consuélate,
que pronto llegará tu salvación;
¿Por qué te consumes de tristeza?
¿Por qué se renueva tu dolor?
Te salvaré, no temas:
yo soy el Señor, tu Dios,
el Santo de Israel, tu redentor.
