“Y la Palabra habitó entre nosotros”
El Evangelio según San Juan comienza afirmando que “en el principio era la Palabra”, es decir, cuando fueron creadas todas las cosas (“En el principio creó Dios el cielo y la tierra”, Gn 1, 1), ya existía la Palabra. La existencia eterna de la Palabra se expresa muy bien con el uso del verbo ser en forma intemporal: la Palabra era, esto es, venía siendo desde siempre.
“Y la Palabra estaba junto a Dios”. El que ya era en el principio, era —estaba— con Dios. La existencia de la Palabra se describe como existencia personal. No se dice simplemente que ya era, sino que era en compañía de Dios.
En la Palabra está el origen de la vida, de toda vida, pero especialmente de aquella vida que Jesús vino a traer con abundancia para todas las personas. Jesucristo, por ser Él mismo la Palabra de Dios, nos da a conocer a Dios, a Dios Padre, y, “en esto consiste la vida eterna, en que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”.
Esta encarnación de la Palabra es tan real y verdadera que San Juan afirma haber visto con sus propios ojos la “gloria del Unigénito del Padre”, haber tocado con sus manos la Palabra de vida. Porque el cristianismo no es una ideología, es la Verdad y la Vida que viene de Dios por Cristo para cuantos la reciben con la fe.
Se remarca, pues, en el texto del Evangelio de hoy que la encarnación del Hijo de Dios —Jesús— tiene que ver con la vida, y para dejarlo bien claro dice que Él mismo es la vida (5, 24; 6, 35; 11, 25-26). De hecho, la finalidad de la encarnación es que el ser humano participe de la vida divina, de la vida eterna, aquélla que no se acaba. Es tan real esta vida que todos, sin excepción, pueden participar de ella; la única condición es creer. Y, “creer” significa, entre otras cosas, estar dispuesto a realizar la voluntad de Dios, a comportarse como verdaderos discípulos viviendo en el amor, la verdad, la unidad, etc. Por eso, la vida eterna se comienza a experimentar ya desde ahora.
Además, el texto del Evangelio dice que Jesucristo es la Luz (Jn 1, 4-5, 9). La luz ilumina, pero sobre todo orienta. Con la encarnación el ser humano no solo entra en posibilidades de arrepentirse, de abandonar las tinieblas, y además tiene la seguridad de que puede recapacitar siempre. No es suficiente abandonar las tinieblas; es indispensable recapacitar en las causas, consecuencias y pretextos por los que abandonamos la luz. Por lo tanto, no es suficiente con arrepentirnos, es indispensable recapacitar sobre nuestros actos.
Solo se reconoce verdaderamente al Señor si nos servimos en el amor unos a otros como verdaderos hermanos.
