Platicando con los abuelos, comenté que la “inteligencia emocional” enfatiza dos ideas principales: por un lado, cómo intervienen las “emociones” en nuestra conducta diaria y, por el otro, la fuerza que ejercen para sentirnos bien y en equilibrio.
Les decía que es útil aprender a utilizar la energía psíquica que generan las emociones, que se transforma, a través de neurotransmisores y hormonas, en energía termodinámica, la cual es requerida por nuestro cuerpo para moverse y funcionar.
Comentamos también que la “inteligencia emocional” durante el envejecimiento hace el trabajo de distinguir y valorar, entre todas las experiencias positivas y negativas, aquellos detalles de la vida que mantienen e incrementan un sano y vigoroso aprecio y amor a la vida.
Detalles que, por su misma naturaleza, le es difícil, y a veces imposible, distinguir y valorar en toda su magnitud a la inteligencia racional.
Cuando las personas mayores confían en nuestra inteligencia emocional, pasan cosas como, por ejemplo:
Controlamos mejor nuestros impulsos para ser más serenos aun en momentos difíciles.
Incrementamos la capacidad de automotivación para ser más perseverantes y exitosos en nuestros proyectos y propósitos.
Regulamos mejor nuestros estados de ánimo y logramos experimentar emociones más estables y relaciones más duraderas.
Aumentamos nuestra capacidad de empatía para ser más sensibles y perceptivos ante las expresiones, sentimientos y necesidades de los demás.
En pocas palabras, descubrimos algo maravilloso: “La inteligencia del corazón”.
UVHM. Tutor de Salud Mental y Espiritualidad para Adultos. Número de WhatsApp: 9993-46-62-06. Antonio Alonzo, psicólogo.
