Un par de románticos que no se querían bien y un inglés del siglo XX con el alma habitada por sombras del pasado movieron el timón del cuarto concierto de la XXXIX Temporada de nuestra Orquesta Sinfónica de Yucatán, anteanoche, en el Palacio de la Música.

Con el norteamericano Robert Carter Austin esgrimiendo la batuta, los fieles y los nuevos adeptos conocimos un programa agraciado y sustancioso. Una obertura del italiano Gioachino Rossini, las variaciones de Vaughan Williams sobre un tema renacentista y la apaciblemente grandiosa Sinfonía “Pastoral” de Ludwig van Beethoven.

Para enfurecer a Beethoven había un camino fácil: únicamente mencionar el nombre del gordo Rossini, cuya fama tendió a opacar la suya, aunque el alemán fuese una deidad —junto a Bach y Mozart— y el itálico tan solo un compositor habilísimo para el género de la ópera buffa. Quizá —dicen algunos— era esa capacidad rossiniana la que Beethoven envidiaba en lo íntimo, pues su constante ponerse los zapatos de Mozart no tuvo éxito en la ópera, pues la única suya no le llegó ni a los tobillos a “Don Juan” o “La flauta mágica”.

Y de la más célebre de aquellas óperas de don Gioachino —“El barbero de Sevilla”— el director invitado proporcionó el soplo para que creciera una llama de vitalidad y simpatía. La atinada obertura, atisbo de temas, muestrario del repertorio del bel canto, se desparramó para el placer de los escuchas. Los traviesos acordes nos trajeron al pícaro Fígaro —zurcidor de amores “listo para hacer de todo, de uno en otro lugar”— y al conde apasionado, la linda Rosina y su ambicioso tío. La ágil y colorida versión, llena de picardía, levantó un torrente de palmas.

Fantasía inglesa

“¿Por qué luchar contra el rencor de los gentiles?”. Tal reza el tercero de los salmos musicalizados por el inglés renacentista Thomas Tallis en 1567 para un obispo anglicano. Y cuatrocientos años más tarde, en la misma isla británica, el compositor Vaugham Willians, enamorado de la música isabelina (Gibbons, Byrd, Farnaby, Morley) tomó el tema de aquel salmo y facturó unas variaciones con el nombre liberador de “Fantasía”.

La pieza —exclusiva para cuerdas— nos produce un efecto de reverencia, como si meditásemos en espacio sagrado, pues a partir de la armonización a nueve voces de Tallis, el maestro Williams trabaja con sonoridades de sobria intención, con acordes espaciados y acuciosa labor polifónica. Ansiosa plegaria que nos conduce por corredores de reflexión.

Las secciones se suceden como si intentaran responder al interrogante ¿por qué? del salmo original. Siluetas de un cuarteto remarcan la búsqueda. Al concluir, sin respuesta, nos abruma ese vacío de sentido que ensombrece a los filósofos. Recordamos unas líneas de John Donne: “Lenguaje, eres demasiado estrecho / y demasiado débil para consolarnos. / Si pudiésemos suspirar acentos / y llorar palabras”.

La “Pastoral”

La sexta de las sinfonías imaginadas por don Ludwig —en Fa mayor Op 68— forma un inevitable contraste con su antecesora, esa quinta seria, intensa y provocativa. En la sexta no hay desplantes ante el destino, arranques de orgullo, ventanas abiertas hacia el infinito.

Esta sinfonía, que nuestra orquesta nos dispensara con precisión de tiempo y justeza de matices, nace de ese fervor panteísta de Beethoven ante la naturaleza, ese encuentro con la divinidad que lograba al caminar por el bosque, escuchar los arroyos y el canto de las aves, percibir el silencio que ascendía del suelo hacia el éter.

En el cuerpo prodigioso de esta sexta sinfonía, el hombre huraño y desdeñoso de sus semejantes deja escapar su ansia de amor hacia las pequeñas cosas que lo rodeaban en sus paseos, su afecto por la rústica y simple realidad que gratuitamente se ofrece a quienes tengan “ojos para ver” la grandeza de la naturaleza. Más que describir paisajes, don Ludwig quiso despertar emociones.

Esta Op 68 posee cinco movimientos. El primero —allegro— expresa los felices sentimientos que nacen en contacto con la naturaleza. Violines y chelos encienden ese hallazgo de dulce mansedumbre. Los alientos dibujan la atmósfera simple, original que aleja de bullicio y falsedades. Dos temas se suceden y un motivo central se difunde.

El segundo —Andante— nos conduce ante un arroyo donde el agua libre nos otorga el don de su murmullo y el alivio del frescor. Trompa y violines crean el ambiente. La flauta, el oboe y el clarinete imitan el cantar del ruiseñor, la codorniz y el cucú, respectivamente. Hay también remedos de brisas y aleteos desde las cuerdas. Es el momento propicio para que el ser humano ofrezca “su huraño corazón, como un fruto maduro del sufrir”.

“Alegre jugar de aldeanos” titula el autor el allegro siguiente, breve cuadro de los festejos de los campesinos en algún claro del bosque, escena con danzas y risas que se enlaza a la Tormenta, pasaje de muy descriptiva factura, donde trombones, trompetas y timbales, junto al flautín, ofrecen el cuadro, apoyados por el vibrar de cuerdas, de la proximidad y el estallido de uno de aquellos fenómenos con rayos, truenos y ventisca.

Un rondó con variaciones —Allegretto— finaliza la obra con un retorno a la paz después del estruendo tormentoso. Una especie de himno de los campesinos se esparce para hilvanar una sensación de recobrada plenitud y fin de los temores. El Beethoven pensativo y generoso alcanza plenitud. La bruma de los miedos se disipa. El alma se eleva nuevamente como centinela. Los nutridos aplausos del público publicaron el agrado por la bella y justa versión de los tres números del programa.— Jorge H. Álvarez Rendón

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