“Adorarás al Señor tu dios”
Con el favor de Dios comenzamos las cinco semanas de Cuaresma. Las tentaciones de Jesús en el desierto son una presentación esquemática y anticipada de la lucha que mantendrá durante su vida contra los poderes del mal.
Se trata de una controversia en la que Jesús y el diablo apelan constantemente a la Biblia, casi podría tratarse de una controversia como la que iba a tener Jesús con los fariseos.
Jesús se retiró 40 días al desierto a orar. En el Jordán, cuando fue el bautismo de Jesús, Dios Padre había declarado: “Éste es mi hijo muy amado”, lo cual dio pie al diablo para la primera tentación: “Si eres el hijo de Dios…”, pues del hijo de Dios se esperaba que multiplicara el pan en el desierto; que anunciara la libertad a los oprimidos de Israel desde el templo de Jerusalén; que restableciera la dinastía de David y que ejerciera un dominio universal…
Y todo esto que se esperaba, quiere el diablo que lo haga Jesús en provecho propio y en contra de la voluntad de Dios Padre. Pero Jesús se muestra en todo como un hombre justo y se defiende con la palabra de Dios. Jesús es el hombre como debe de ser, el nuevo Adán que fue tentado y triunfó porque Jesús supera todas las tentaciones humanas.
Así pues, el maligno hizo brillar delante de Cristo tres formas de mesianismo. La primera tentación la de las piedras que podrían convertirse en pan está ligada a la materialidad de las cosas. La segunda es la de una religión mágica, publicitaria, que humilla la verdadera fe. Pero la tercera tentación fue la más fuerte: la de la religión del poder y del bienestar, una idolatría implacable que exige una totalidad absoluta. El proyecto de Jesús no es el dominio y la posesión, sino el amor y la donación.
Jesús replica a los tres desafíos con una única arma, la de la Palabra de Dios. Por eso el cristiano, que camina en esta vida repleta de provocaciones vulgares del bienestar, del éxito fácil y del poder, debe tener como guía la Palabra de Dios que es “como fuego que quema y como martillo que rompe la roca” del mal (Jer 23, 29).
El maligno es la amenaza constante que interfiere en nuestra relación con Dios. San Pedro lo advirtió con palabras iluminadoras al respecto: “El diablo, como un león rugiente ronda buscando a quien devorar…” (1 Pe 5, 8-9).
