Dios siempre llama. Él nunca ha dejado de invitar a personas para que colaboren con Él en su proyecto de salvación universal. Hoy en día, vivimos una realidad en nuestro Estado en la que cada vez menos jóvenes deciden responder al llamado de Dios o, tan siquiera, cuestionarse si existe tal invitación. Esto resulta evidente dado el número de formandos en nuestro Seminario, tanto del menor como del mayor, donde encontramos cursos completamente vacíos. Una situación similar (pero no sólo ahí, pues podemos ver un reflejo de la misma crisis) en la vocación a la vida consagrada y en la vocación laical.

¿Qué sucede entonces?, ¿ya no hay vocaciones? De ningún modo, lo que faltan no son vocaciones, pues Dios continúa llamando, y se necesitan jóvenes valientes y ansiosos de responder a su llamado. Que actualmente tengamos un número tan reducido de jóvenes en el Seminario es consecuencia de varios factores.

A mi parecer, uno de ellos es la imagen negativa de la Iglesia a causa de los escándalos y la desinformación, así como por las ideologías actuales (los jóvenes) que generan en ellos un profundo rechazo y odio hacia la misma, provocando un menor número de muchachos activos dentro de los grupos de servicio o apostolado en las parroquias y, por tanto, en el Seminario. Así, la figura del sacerdote termina siendo muy poco atractiva.

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Otro factor es que los jóvenes simplemente no están interesados en preguntarse “¿qué quiere Dios para mí?”, pues existe el miedo a dejar el proyecto que ellos han dispuesto para sí mismos y la comodidad de hacer lo que desean, temor a “perder” su “libertad” y conseguir el “éxito” que este mundo les promete; falta valentía y entrega para que puedan abrazar el proyecto que Él tiene para ellos. La mayoría asegura ya conocer lo que Dios quiere por medio de corazonadas, sin hacer un proceso de discernimiento serio, pues jamás se abren a la posibilidad de otro camino, siendo que para poder discernir tiene que haber más de una opción. Un factor más sería, la falta de apoyo en la familia y en el entorno social.

¿Cuántos jóvenes han desistido en dar el último paso a su ingreso al Seminario por el temor a lo que mamá, papá, los hermanos o los amigos dirán? Me parece que, en el proceso de discernimiento para el ingreso al Seminario, éste, es un factor determinante, pues, si el joven no siente el apoyo de su familia, muy difícilmente optará por tal camino. Eso lo puedo constatar desde mi experiencia, pues el apoyo de mi familia me dio el último empujón que necesitaba para decirle “sí” al Señor, mientras que, a otros hermanos, cuya intención era ingresar también, eligieron al final no hacerlo debido a la presión familiar.

Cabe mencionar que, a nosotros, como Iglesia local, también nos hace falta generar una “cultura vocacional” en el Estado, donde se pueda promover y dar a conocer el verdadero rostro de esta hermosa vocación, la alegría y la plenitud a la que conlleva, en contra de la imagen negativa provocada por los lamentables hechos de algunos sacerdotes y las ideologías que atacan a la Iglesia. Nos corresponde reivindicar la figura del sacerdote, volver a hacerla atractiva, dando a conocer al joven que Dios lo ama y, que, en su amor, lo llama para un camino concreto donde podrá ser verdaderamente pleno.

Para finalizar, hago la invitación a no dejar de orar al Dueño de la mies por las vocaciones en nuestra Arquidiócesis, del país y del mundo. Y a los jóvenes les hago la invitación a realizarse la pregunta: “Jesús, ¿qué quieres de mí?”. Busquemos siempre cumplir su voluntad.

*Seminarista Juan José Ramayo Ortega,  1o. de Discipular