gnima calidad de vida maldicion

Maleficio es el arte de perjudicar a otra persona por medio de la intervención del demonio. Maldición es la imprecación que se dirige contra alguien, con el deseo que le venga algún daño. Las palabras altisonantes que se arrojan sobre otro, en un momento de rabia, sin odio ni intención diabólica, no surten efectos graves; pero no son del todo inofensivas.

Maleficio es sinónimo de hechicería. Se necesita la mediación de un brujo, que invoque al demonio, para producir el mal. Las maldiciones pueden ser proferidas por cualquier persona. Sin embargo, las maldiciones son tan graves como el maleficio. Cobran fuerza cuando las profieren familiares con vínculos de sangre (abuelos, padres, hijos, hermanos), en particular en fechas importantes de la existencia del maldecido (nacimiento, graduación o boda); se refuerzan por la perfidia de quien maldice.

Toda maldición invariablemente se convierte en vejación para la persona destinada como víctima; ante una vejación debe practicarse siempre exorcismo, incluso aunque no haya posesión. Una maldición puede convertirse en maleficio por las blasfemias constantes de parientes cercanos.

De gravedad

La casuística de muchos sacerdotes exorcistas confirma la gravedad de las maldiciones. Esbozo algunos casos de Don Amorth:

1.— Padre maldice al hijo repetidamente desde la infancia y juventud: enfermedades, calamidades, desgracias al hijo, nuera y nietos.

2.— Padre maldice a la hija el día de la boda: años de desgracias y sufrimiento a su esposo e hijos.

3.— Una madre ve la foto del nieto: “Que las piernas del niño estén siempre enfermas y que tú, al volver a tu casa paterna, mueras”. Sucedió, al pie de la letra.

4.— Un campesino, en la boda de la hija: “Te maldigo, maldigo a tu marido, a tus hijos, maldigo el trabajo de ustedes”. Caso terrible; odio satánico; así se realizó todo.

5.— Una madre le dice al hijo, en vísperas de la boda: “No te vas a casar, no vas a encontrar trabajo y vas a estar enfermo”. Todo se cumplió.

Liberación

Una persona que recibe una maldición debe luchar para librarse de ella: fe, vida de oración, ayuno, gracia habitual, caridad con la gente (Mt 17, 20; Mc 9, 29).

Es fundamental que perdone a quien fue el autor de la maldición (ya sea que lo conozca o no). Y que solicite el perdón de Dios para el maldiciente. Casi siempre se necesitan años de exorcismo y oraciones de liberación. Son fundamentales la fe de parte del afectado y la fe del exorcista. Un sacerdote o religiosa santos pueden conjurar una maldición (Cura de Ars, Padre Pío, Catalina de Siena, Gema Galgani, Juan Pablo II). En Santuarios marianos se han dado notables curaciones extraordinarias y liberaciones (Lourdes, Fátima y Guadalupe).

La persona que hace un maleficio jamás se arrepiente de ello. Se le revierte el daño deseado para el otro y entra a una fase de pecado grave. Aunque se arrepintiera, la maldición no cesa, prospera en el afectado. Si el maldiciente muere, la maldición no desaparece. Son necesarios años de exorcismos. El maldecido no necesita el perdón del maldiciente para ser liberado. “Los daños maléficos no se heredan, a menos que hayan sido provocados con el fin que influyeran en el padre e hijos” (Padre Pío). A pesar de todo, siempre es posible el arrepentimiento sincero y el perdón de Dios (Sal 50).

Vigilen y oren para que no caigan en la tentación (Mt 26, 41). La mejor receta es la reparación del daño: “Métete en las llagas de Cristo Crucificado. Allí aprenderás a guardar tus sentidos, tendrás vida interior, y ofrecerás al Padre de continuo los dolores del Señor y los de María, para pagar por tus deudas y por todas las deudas de los hombres” (Josemaría Escrivá).

Cardiólogo. mgracianb@gmail.com

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