La muerte dictaba mientras Mozart componía su Misa de Réquiem en re menor K. 626. Agonizaba y parecía adivinar su pronto final cuando escribió los primeros, lúgubres compases, de una de las obras más bellas de la música sacra universal, profunda, oscura, triste y sublime en todos los sentidos.
Su carácter fúnebre radica en su naturaleza misma, música escrita para acompañar el acto litúrgico católico celebrado tras el fallecimiento de una persona.
Mozart murió en 1791, antes de terminarla. Fue Franz Xavier Süsmayr, alumno de Mozart, quien la finalizó siguiendo sus indicaciones.
La obra no está exenta de misticismo. Mozart pensaba que el personaje anónimo que le encargó la misa era la muerte, que le encargaba un réquiem para él mismo. En realidad era un mensajero enviado por el Conde Walsegg para solicitar una misa de réquiem en memoria de su esposa fallecida.
La tonalidad del Réquiem de Mozart, Re menor, es perfecta, pues se asocia con la tristeza y la melancolía, pero también con la divinidad.
El sonido del Réquiem de Mozart
Mozart compuso su réquiem para orquesta, coro y voces solistas (soprano, contralto, tenor y bajo):
Introito: Requiem Aeternam (coro y soprano) y Kyrie (coro); Secuencia —Dies Irae (coro), Tuba mirum (soprano, contralto, barítono y tenor), Rex tremendae (coro), Recordare, pie jesu (solistas), Confutatis (coro) y Lacrimosa (coro)— Offertorium: Domine Jesu Christe (solistas) y Hostias (coro); Sanctus (coro), Benedictus (solistas), Agnus Dei (coro) y Communio (coro): Lux Aeterna.
Durante los primeros compases sentimos los pasos lentos y fúnebres en las cuerdas, como si fuesen los portadores del féretro.
La Secuencia está formada por diferentes secciones, alterna partes muy expresivas con fugados. En el Dies Irae, el “día de la ira”, podemos sentir la rabia e inquietud en la cuerda, casi se sienten las llamas del infierno, el terror del Juez supremo.
En el Tuba mirum se unen bajo y trompeta, ésta se cuela por los sepulcros.
En el Rex Tremendae Mozart ruega por el perdón de su alma, acompañando la súplica con los contratiempos de las cuerdas agudas que aportan urgencia.
Recordare sigue la súplica de piedad, pide el perdón antes del Día del Juicio.
Confutatis es quizás el movimiento con mayor contraste emocional. Es enfadada, algo rabiosa. Voces masculinas y femeninas se alternan en un marcado y contagioso ritmo.
Lacrimosa está llena de profunda tristeza y es el número más bello del réquiem. Recordamos a la Virgen Dolorosa llorando por la muerte de su hijo Jesús.
En el Offertorium hay lirismo en el Domine Jesu Christe. El Sanctus llega alegre y brillante, es la cara majestuosa de lo divino, y el Benedictus es el más amable y luminoso de los movimientos, completando ambos una fuga jubilosa que canta “Hosanna” en el cielo.
El Agnus Dei y Communio, ambos con el coro, cierran el réquiem tal como comenzó, con fragmentos del Introito y el Kyrie. Pasos fúnebres y una fuga sin precedente que clama piedad al cielo nos llevan a la “Lux Aeterna” que brilla en la cúpula de la Catedral de Mérida.
Hay una sensación de resignación coronada por la promesa del perdón de un Dios misericordioso. Los ángeles y los santos miran con piedad a lo diminutos que somos, insignificantes ante la grandeza de esta obra.













