Muy buenos días y muchas gracias por la oportunidad de dirigirme a todas y todos ustedes en esta mañana. Además de brindar un saludo muy afectuoso y mi gratitud para la secretaria de la cultura y las artes, la Profa. Loreto Villanueva Trujillo por su invitación a tomar la palabra, me honro igualmente con la representación del señor rector de la Universidad Autónoma de Yucatán, el Mtro. Carlos Estrada Pinto, quien les envía un saludo muy afectuoso, y, lo ha dicho en más de una ocasión, valora, respeta y aprecia muchísimo el trabajo de las escritoras y escritores de Yucatán.

Igualmente saludo con mucha alegría y muy honrada a las autoridades y personalidades de la mesa de honor, ya debidamente presentadas, en especial a la escritora Beatriz Espejo, ganadora del Premio Nacional de Artes y literatura 2023.

Quisiera comenzar recordando que hace un año, en este mismo evento, en una mañana fresca como esta, escuchábamos a José Antonio Canché Briceño a nuestro muy apreciado Tony, quien apenas unos días antes había sido el recipiendario del Premio 2022 de Literaturas Indígenas de América PLIA en la FIL Guadalajara (así como ahora nos acompaña James Asir Sarao Cauich, también yucateco y ganador del PLIA 2023). Allí escuchamos de Tony un hermoso discurso en el que recordó los azarosos (y él dijo “escabrosos” caminos de la escritura) de quienes, como ustedes, ejercen “El oficio de escritor” recordando el título del mítico libro de hace medio siglo cuya traducción al español nos trajo Ediciones Era y en el cual de William Faulkner a Henry Miller o Truman Capote se sucedían las entrevistas previamente publicadas en el Partisan Review y en las cuales se habla precisamente del quehacer de quien lleva al papel sus ideas y pensamientos y aquellas historias que imaginan o que les contaron, o aquellas emociones condensadas en el poder sintético y abstracto de un verso.

Tuve la intención al revisar aquellos materiales que ya tienen tantas décadas, de rescatar algunos argumentos para celebrarles a ustedes en esta mañana, y me sorprendió la dimensión de las preguntas que se formulaban entonces a los escritores (efectivamente hombres casi todos en aquellas compilaciones) cosa que no me sorprende de aquellos tiempos.

Pero dejando por un momento el tema del género la formulación de las preguntas me parece pertinente para repensarnos en un día como hoy. El cuestionario preguntaba sobre el ‘Pasado utilizable’ al que podía acudirse desde la escritura; también la pregunta de “¿para quién se escribe?” además de cuestionamientos sobre el valor de la crítica, el quehacer literario como un modo de ganarse la vida (literatura de ficción, seguramente), las lealtades (políticas, religiosas, ideológicas, generacionales y empresariales) que cada quien imprime (o no) a  su texto; o bien el lograr aquella “Vocación felina de singularidad” como la llamó el escritor español Juan Manuel de Prada. El cuestionario enojó muchísimo a un escritor llamado James Agee, ganador de un Pulitzer en 1958 y lo calificó de reduccionista. Pero fue respondido por una cantidad considerable de escritores de su tiempo.

También, en mi búsqueda de ideas para compartir con ustedes, me detuve en un texto de Fernando García Ramírez, prólogo a Leer de Gabriel Zaid donde describe cómo esta obra brinda herramientas sobre la autoconciencia en el texto, individual, o colectiva… Ése es dice García Ramírez, el penúltimo grado de la lectura: la autoconciencia, entendida ésta como un situarse: saber dónde estoy, qué estoy haciendo y que cambia el eje del discurso, donde la verticalidad autoritaria de una autoría que dicta y un proceso de lectura dócil y que acata, se transforma cuando ocurre esa conciencia dentro de la obra. (P. 15)

“El último grado de la lectura –continúa García Ramírez– ocurre cuando la lectura se transforma en acción. Leer para hacer: al leer se da forma al mundo. La alegría que produce la poiesis es multiplicadora –y entonces aparece la escritura–, puede derivar en un ensayo, en un poema, en una acción inspirada o, simplemente –lo cito textualmente para que ustedes interpreten como deseen–, en un día mejor, más habitable, más claro, donde las cosas vuelven a ser lo que son”. (p. 15)

Y es que –y aquí me desmarco de aquel prólogo– mientras la mimesis en la escritura nos traslada a textos transcritos con limpieza, a descripciones minuciosas, estudios prolijos, la poiesis de la creación literaria se toma licencias y es inmensamente exitosa, sobre todo cuando logra la reinvención de lo verdadero que finalmente es lo más insólito.

Estas reinvenciones pueden ser absolutamente puntuales. Por ejemplo, la absolutamente rechazada novela propuesta con el título “Primeras impresiones” que salió a la luz 13 años después, con un nuevo título: Orgullo y prejuicio. Jane Austen, sí. En la compilación de sus textos nos cuenta el hecho Santiago Posteguillo y anota: por lo visto las Primeras impresiones no siempre son las más certeras. Y aplica a todo (o casi).

Sin embargo quería yo una respuesta más contemporánea, una voz más reciente que me acompañase de la mano en la construcción de este mensaje. Y es que hoy día la escritura como oficio, la que ejercen ustedes, está acompañada de un arsenal de complejidades cada vez más distantes del ideal sigloveintero del escritor o escritora frente a su máquina de escribir.

Hoy día la escritura se alimenta de un arsenal de utilería tecnológica tan indispensable como compleja, transita del Ipad a la historia de Instagram, del twitter (o “x”) como los textos de Margo Glanz a las migraciones de libros a audiolibros a adaptaciones gráficas… La labor de querer escribir está aderezada de obligaciones y pertinencias y presiones sociales –siempre lo ha estado…pero ahora más–, con urgencias y requerimientos materiales y virtuales. Y con ello también la densa angustia de tener como referencia y como punto de comparación al mundo entero.

A esto hay que añadir como cereza en el pastel los nuevos modos de censura contemporánea. En estos territorios donde se intersecan las expresiones de la cultura  cabe aludir a una pieza artística: El Partenón de los libros prohibidos. La artista visual argentina Marta Minujín presentó la primera vez esta obra de arte en la Ciudad de Buenos Aires en 1983 y la reeditó en 2017 para la edición 14 de documenta Kassel, en Alemania; quizá uno de los mayores enclaves de la expresión artística contemporánea y donde se insiste en lograr la estricta separación entre quienes dan el dinero y quienes poseen la libertad artística de gastarlo… ese es el núcleo de la muestra. Allí se colgaron en una estructura metálica en forma de Partenón 100,000 ejemplares, todos ellos en algún momento de la historia de la creación literaria fueron, han sido o son libros prohibidos, censurados, expurgados o enmendados por las razones de contener lo que desde ciertas miradas, no debían contener.

Recordemos los asesinatos en El nombre de la rosa. Leer lo prohibido era condenarse a muerte: la Poética de Aristóteles, sobre todo sus textos sobre la comedia y sobre la capacidad de reír era el objeto del deseo –­­y de la muerte– de los lectores. En tiempos de nuevas censuras y nuevos libros prohibidos ojalá no envenenemos nunca, ni quiera metafóricamente las orillas de las páginas de nadie. Para que todo lo escrito esté a siempre a nuestro alcance.

No está nada fácil dedicarse a escribir. Es toda una enorme vocación y por ello merece una celebración como esta, pero también otras atenciones: Sabemos que la trascendencia está en la producción de obra, que quien escribe quiere ser leído. Y tomemos en cuenta que cuando más extensas eran las ediciones no sobrepasaban en el entorno local los 1000 ejemplares. Finalmente el libro, el padre (o abuelo) de los medios de comunicación de masas no tiene tan extensa difusión per sé. Necesita convertirse en un clásico.

Pero para que ello suceda con nuestros libros locales, con la obra que ustedes producen y que tendría que ser heredada a las generaciones que vienen, nuestras instituciones de toda índole (porque no es una responsabilidad exclusiva del sector cultural o del sector público) deben generar herramientas que permitan encontrar modelos de edición, difusión, permanencia y trascendencia. Y preservar la memoria y la sensibilidad de esta generación que hoy se reúne, la que conforman ustedes.

Es una generación que pese a la infodemia y la presión tecnológica logra conectarse con el papel o la pantalla en blanco y simplemente escribir… El personaje protagonista (la primera voz) de la novela Radicales libres de Rosa Beltrán así lo dice: “Ya sé, estaba distraída porque tenía que entregar un artículo para el periódico al día siguiente, siempre tenía que entregar algo escrito para alguien, que preparar una clase, revisar una tesis, corregir un prólogo. Mi cabeza ha estado siempre llena de palabras, las que vienen de afuera pero también de adentro, de la historia que estoy escribiendo o leyendo en ese momento. No es falta de interés en el mundo. Bueno, a veces sí, es falta de interés, te lo concedo, pero no siempre. Es vivir habitado de dos maneras distintas. Lo dijo Sergio Pitol: escribir es oír voces. Todos tenemos algún rasgo esquizoide pero quien escribe lo alimenta”. (P. 322)

Quien escribe alude a eso mágico que García Lorca llamó “El duende…” y que llega a la escritura cuando “Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas”.

Yo no leo en maya pero sí puedo leerles la traducción al español de un fragmento del poema de Donny Limber BRITO MAY que se titula Poesía y que me parece contundente para dirigirme a ti, que escribes:

En las hojas de los árboles cuelgo

la espiral galáctica de mis palabras.

En la pureza de las lluvias goteo

el sonido de mis palabras.

En la lengua de los bejucos ato

el retoño de mis palabras.

Dónde estás si no

en el final de mis palabras.

Dónde estás si no

en el infinito de tus palabras.

Muchas gracias por estos minutos de su atención y sobre todo muchas muchas felicidades