La fascinación por lo desconocido es una característica del ser humano en su afán por entender la verdad que le rodea. Enigmáticos hechos han transitado del mito a la leyenda; algunos han perdurado con el paso de los años mientras que otros se han perdido en el implacable olvido por la falta de fuentes de información confiables y suficientes para esclarecerlos.
Atar cabos con base en la temporalidad y los hechos de determinadas épocas podría acercar a una versión fidedigna de lo sucedido a ciertos personajes de Yucatán, según indica el historiador Víctor Arjona Barbosa al referirse a las extrañas circunstancias de la muerte de José Campero, gobernador de la Provincia de Yucatán entre 1660 y 1662.
José Campero, nacido en Sevilla, fue un maestre de campo que sirvió a Felipe IV en las guerras que libraba la corona española.
El rey lo designó gobernador y capitán general de Yucatán, cargo que desempeñó de 1660 hasta su fallecimiento el 29 de diciembre de 1662. Se distinguió por su valor y entereza en su carrera militar y el soberano premió sus servicios haciéndolo Caballero de la Orden de Santiago.
En cuanto a su desempeño político y administrativo, Campero actuó de manera firme y su conducta resultó intachable, según relata Arjona Barbosa.
Al darse cuenta de los daños causados al comercio y a la seguridad individual por la piratería, ordenó que ninguna embarcación se hiciera a la mar sin estar debidamente preparada para su defensa, pues los filibusteros ingleses efectuaban ataques frecuentes.
Sin embargo, esta carta de servicio al rey y sus intereses en Yucatán no sería la razón por la cual José Campero pasaría a la historia de los gobernadores de Yucatán durante la Colonia, sino causas trágicas y enigmáticas.
La historia del gobernador Campero la conoció Arjona Barbosa en la escuela, siendo un niño. El relato le impactó y nunca se borró de su memoria. El historiador afirma que en el invierno de 1662, cuando el gobernador se disponía a desayunar en su casa, de una servilleta cayó al piso un papel que decía “Campero: a las 12 de la noche en la Catedral te espero”.
El mensaje no tenía remitente y nadie del personal de servicio pudo explicar cómo llegó a la mesa, además de que la tipografía era del tipo móvil de imprenta, la cual no había llegado a Yucatán.
El gobernador rompió en pedazos el papel y no le dio más importancia al asunto.
Horas más tarde, al disponerse a almorzar, un nuevo papel con el mismo mensaje y la misma tipografía apareció dentro de su servilleta, y, tal como la primera vez, nadie pudo explicar cómo llegó hasta ahí ni quién lo enviaba. Campero entonces buscó consejo del obispo Luis de Cifuentes y Sotomayor, quien a su vez hizo llamar a unos padres jesuitas y unos frailes franciscanos.
Después de analizar la situación, los eclesiásticos llegaron a la conclusión de que el gobernador debía presentarse a la cita en “estado de gracia”, es decir, confesado y cumplida la penitencia. Se acordó mantener iluminado el interior de Catedral, pero cerradas todas las puertas.
La casa real donde despachaba y vivía el gobernador se encontraba en contraesquina de la Catedral, en el mismo lugar donde hoy está el Palacio de Gobierno. Al llegar el momento de la cita, José Campero se hizo acompañar de una persona de su confianza, con la que llegó hasta el atrio de la Catedral. A medianoche, una de las puertas de la iglesia se entreabrió y de la penumbra surgió una mano que le indicaba al gobernador que entrara, lo cual el funcionario hizo solo.
Al cabo de media hora, el gobernador salió de la Catedral por su propio pie pero desvaneciéndose, con calentura, dolores en el cuerpo y sudando. Auxiliado por quien le había acompañado, fue llevado a su habitación, donde permaneció en cama cinco días hasta su deceso. Nunca se informó oficialmente qué fue lo que terminó con su vida.
En su lecho de muerte, José Campero nombró albacea de su fortuna al obispo Cifuentes y Sotomayor para que aquélla fuera repartida en obras de caridad, como hospicios, casas de asistencia, orfanatos, sanatorios y apoyos a algunas viudas y mujeres en desamparo.
Una de las fuentes documentales a la cual acudió Arjona Barbosa para conocer más del tema es el tomo II de “Historia de Yucatán”, de Eligio Ancona, que da cuenta de los hechos a partir de lo publicado por Justo Sierra O’Reilly en “El Museo Yucateco” en 1841.
Otras referencias se encuentran en Juan Francisco Molina Solís y el obispo Crescencio Carrillo y Ancona, quienes tildan de “vacilada” el relato y dudan que éste hubiera acontecido.
Sin embargo, Carlos Loret de Mola Mediz, periodista y exgobernador del Estado, en el libro “Yucatán en la patria” trata de explicar los hechos con base en la narración de “El Museo Yucateco” y documentos oficiales que dan cuenta de las epidemias de fiebre amarilla que se presentaron en la Colonia.
La fiebre amarilla era una enfermedad letal, sin tratamiento efectivo, producto de la picadura del Aedes aegypti que se reproducía en las bodegas de galeones.
Hubo epidemias en Yucatán desde 1648 hasta 1877, una de ellas en 1661.
Arjona Barbosa advierte que no se ha podido demostrar que existieran los dos misteriosos mensajes ni que se escribieran con tipos móviles de imprenta.
“La expresión ‘Campero: a las 12 de la noche en la Catedral te espero’, pudo haber tenido un origen distinto al que consigna la Historia”.
Arjona Barbosa, citando a Loret de Mola Mediz, recuerda que por aquellos años la vida privada de los gobernantes era algo celosamente guardado y, si bien es cierto que se sabía que personajes como el gobernador Lucas de Gálvez era mujeriego y conquistador, la información sobre su salud era algo muy reservado.
“Por los síntomas ya descritos que lo mantuvieron en cama: piel amarillenta, dolores musculares, debilitamiento, fiebre muy alta, sudoración profusa, vómitos con sangre, es muy probable que el entonces gobernador de la provincia se sabía enfermo de fiebre amarilla desde mucho antes de que los síntomas se agudizaran, pero no se lo dijo a nadie”.
“Tiene sentido, pues la epidemia de 1661 seguía cobrando vidas en la región y los síntomas que presentaba Campero son propios de la enfermedad; es muy probable que él, siendo amigo del obispo Cifuentes y Sotomayor, su confesor de cabecera, le pidiera ayudarle a estar en gracia de Dios ante el inevitable final que se avecinaba. Pidió ser confesado pero con la mayor discreción posible. Es quizá aquí cuando el obispo pronuncia la conocida frase: ‘Campero: a las 12 de la noche en la Catedral te espero’. Lejos de la vista de la comunidad dormida y al cobijo de la penumbra, es posible que José Campero accediera al sacramento de la reconciliación antes de ver empeorada su condición”.— Emanuel Rincón Becerra
Historia Gobernador
Otros datos que comparte el historiador Víctor Arjona Barbosa sobre José Campero:
“Tiene sentido”
El nombramiento del obispo Luis de Cifuentes como albacea de los bienes del gobernador se dio en días previos a su deceso. “La historia tiene sentido, solo fue salpicada con detalles de ficción que le dieron un halo de misterio, pues nadie sabe lo que pasó esos 30 minutos que el gobernador estuvo en Catedral”.
