El bailador gaditano Juan Sevilla
El bailador gaditano Juan Sevilla

Anteanoche, el escenario del teatro “Felipe Carrillo Puerto” de la Uady se convirtió en un tablado flamenco. Nada más abrió la boca el cantaor Alejandro Silva y el recinto entero se sacudió.

Y detrás de cada frase, un eco profundo y sostenido envolvía una noche que sudaría coplas a mares, como las aguas de la antigua ciudad portuaria de Cádiz, en el suroeste de España, desde donde llegó un puñado de artistas encabezados por el guitarrista Joaquín Linera “El Niño de la Leo”.

Flamenco andaluz del más alto nivel, porque lo dijo una señora, de claro acento español, “éstos sí son andaluces, y de cepa”. Flamenco que convirtió el Mérida Fest en una romería. Como diría alguien por ahí, “los apocalípticos están acabados porque el flamenco no muere”, y el de Cádiz menos, y menos con unos artistas como los que pusieron de pie al “Carrillo Puerto”.

Silva nació en Cádiz en el año de 1984, hijo del reconocido cantaor flamenco Juan Silva, de voz dulce y cante pausado, y la bailaora Carmen Cea, desde su nacimiento lleva consigo las raíces del flamenco, y se nota. Dicho vulgarmente, el talento lo mama y presencia le sobra. En su trayectoria el cantaor se ha paseado por la copla por bulerías y rescatado un buen número de “cantes antiguos” y anteanoche, él mismo lo dijo, “ahí les van unas coplitas”.

Despliegue de pureza gitana, además de la voz de Alejandro Silva que alguien del público comparó con Camarón de la Isla (“ya quisiera”, contestó modestamente el cantaor), la presencia de Juan Sevilla fue la locura: virilidad, porte, ritmo y carácter… el joven bailaor se desbarató hasta que hombres y mujeres perdieron los cabales.

Se dice que en Cádiz ahora se baila como nunca, y se nota. Bailando muy bien hay muchos, pero Sevilla no castiga la profundidad por el virtuosismo, si bien tiene las dos cosas, virtuosismo técnico pero a la vez sentido.

Baila para dejar en claro que él manda en esto, su zapateado domina todos los ritmos y tesituras. Sin duda es un diamante que los reflectores tienen que seguir de cerca porque es una revelación. Partió plaza y dejó huella, y una que otra doncella desmayada.

También tuvo su oportunidad de brillar la bailaora Rocío de la Isla, ágil y liviana como una espiga, sacando lo mejor de su repertorio con la guitarra rabiosa de fondo del “Niño de la Leo”, cuyos acordes recuerdan por momentos a Paco de Lucía.

Y de nuevo, bailaoras hay muchas, muchísimas, España está llena de ellas, de las mejores, y la que trajo Linera fue por algo: gracia, donaire, técnica, juventud que promete dar mucho más todavía en los escenarios.

Había público de pie, buen número de ellos eran extranjeros y los españoles se notaban por el acento. Disfrutaron momentos de duetos en el baile, de solos de los bailaores, de solos del cantaor, de la guitarra, de ese maravilloso hombre del cajón que trajo Linera, aunque nos quedamos sin saber su nombre, tres generaciones juntas en una noche que se pidió postergada, que se aplaudió con creces deseando que el tablado se quedara para siempre. No fue así, pero el firmamento gaditano seguirá brillando porque no será la única presentación de Flamenco de Caí de Joaquín Linera en el Mérida Fest, como dijeron, fue un largo viaje y están felices de estar en esta ciudad. Queda duende para rato.— PATRICIA GARMA MONTES DE OCA

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