Presbítero Alejandro Alvarez Gallegos

Las finalidades legítimas en la intervención del hombre sobre otros hombres se pueden resumir en la defensa y promoción de la vida humana. Ésta es la intrínseca y fundamental finalidad que surge del significado mismo de la vida humana donada y confiada de Dios al hombre.

No solamente la finalidad estrictamente terapéutica, o sea, la corrección de las enfermedades y de las situaciones varias de desorden, sino también aquéllas llamadas alternativas en el sentido de un positivo mejoramiento de la condición de la vida humana.

La vida humana es entendida en términos unilaterales cuando se protegen y se desarrollan determinadas cualidades, sin la necesaria atención a todos los valores y todas las exigencias de la que se compone la vida humana, o también cuando nos preocupamos de la vida y de la salud de algunas personas solamente, alcanzando así verdaderas formas de discriminación social.

La investigación científica, sin duda, se incluye entre las posibilidades y las responsabilidades del hombre creado a imagen de Dios, suma sabiduría. Con esta investigación el hombre expresa y vive su señorío sobre el mundo de las cosas y su aprecio incomparable frente a la vida propia y ajena. Sin embargo, debe cuidarse constantemente de la tentación de convertir su investigación en un valor absoluto o en un ídolo. La investigación conserva su significación verdadera en la medida en que se ponga al servicio de la persona y sobre todo de la vida humana.

No solamente nos debemos detener en considerar las finalidades de las intervenciones médicas. A la pregunta sobre el porqué el hombre interviene, debe agregarse la pregunta sobre cómo el hombre interviene.

En un ambiente secularista como el que vivimos el hombre generalmente no reconoce en las modalidades operativas —o sea, en los medios usados— un significado moral, en cuanto que esta significación vive totalmente absorbida y resuelta en su intencionalidad subjetiva. Para él lo que importa son los resultados obtenidos, independientemente de la forma como se obtengan.

La experimentación no puede prescindir de criterios morales acerca de la defensa y promoción de la persona en todos sus valores y en todas sus exigencias que son, además, propiamente humanas. Y así, para la experimentación, se han de observar dos criterios morales:

A) La experimentación debe ser, antes que nada, respetuosa del sujeto humano sobre el cual interviene. El investigador y el experimentador no pueden olvidar la diferencia esencial, el salto de cualidad que existe entre la intervención sobre la vida infrahumana y la intervención sobre la vida propiamente humana. Esta última exige el absoluto respeto al ser humano. Se debe recordar, también, que, si el sujeto humano sometido a la intervención es capaz de consenso, éste debe ser obtenido libremente —o de quien lo representa—, pues solo así la intervención resulta respetuosa de la dignidad personal del hombre.

Es siempre y solo en referencia al hombre, a sus valores, principalmente a las exigencias de la defensa y promoción de la vida, que va moralmente juzgada la intervención “artificial”. No se trata de un perjuicio o rechazo a lo artificial, puesto que contradiría verdaderos logros de la ciencia técnica. El uso de lo artificial es valioso y cuando no contradiga la naturaleza humana, sino que mantiene su función de medio o instrumento para alcanzar las finalidades naturales.— Coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida

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