La Iglesia señala la dignidad del ser humano como núcleo del valor sobre la vida, presentando la vida como don divino; el hombre creado a imagen y semejanza de Dios; la existencia, en cada individuo humano, de un alma espiritual (racional), la cual es infundida por Dios.
Así, en la Sagrada Escritura, desde el Antiguo Testamento, la vida física aparece integrada en esa unidad total que es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Una ulterior confirmación del valor de toda vida humana viene del hecho de la Encarnación del Verbo, que asume nuestra naturaleza y nuestra historia: la fe en la persona divina de Cristo, hecho hombre, refuerza y consagra todo lo humano.
Por otra parte, se hace referencia al concepto de calidad de vida o viabilidad. Atender a la calidad de vida es una exigencia moral innegable, si con esto entendemos cualquier tipo de acción orientada a crear condiciones más favorables para la expansión y desarrollo de cualquier humano.
La calidad de vida no debe, de por sí, considerarse como un lujo o una preocupación de quienes tienen resueltas sus necesidades materiales indispensables, sino que es un derecho de todos, que debe ser siempre salvaguardado.
Hoy se quiere imponer la calidad de vida como sinónimo de éxito, superación, poder económico y bienestar, alejando todo sufrimiento, incomodidad y esfuerzo.
La calidad de vida tiene que ver con una proporción razonable de la salud física, emocional, intelectual y espiritual. Se trata de armonizar estas áreas de nuestra vida para vivir de una manera equilibrada y sana.
La salud no puede reducirse a un estado de bienestar físico solamente. Recordemos que el ser humano es un todo en su integralidad, es un espíritu encarnado. A donde vamos nos acompañan nuestras emociones, cansancios y dolores físicos, el alma está presente en todas nuestras decisiones y opciones.
Ante todo, se debe reconocer la calidad esencial que distingue a toda criatura humana por el hecho de haber sido creada a imagen y semejanza del Creador mismo.
El hombre, constituido de cuerpo y espíritu en la unidad de la persona —corpore et anima unus, como dice la constitución Gaudium et spes (n. 14)—, está llamado a un diálogo personal con el Creador. Por eso, posee una dignidad superior por esencia a las demás criaturas visibles, vivientes y no vivientes. Como tal, está llamado a colaborar con Dios en la tarea de someter la tierra (cf. Gn 1, 28) y en el designio redentor está destinado a poseer la dignidad de hijo de Dios.
Este nivel de dignidad y de calidad pertenece al orden ontológico y es constitutivo del ser humano; permanece en todos los momentos de la vida, desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural, y se realiza plenamente en la dimensión de la vida eterna. Por tanto, se debe reconocer y respetar al hombre en cualquier condición de salud, de enfermedad o de discapacidad.— Coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida
