Con los sentimientos a flor de piel, Gaby Vargas encontró en la escritura una terapia sanadora para sobrellevar la enfermedad de su esposo, quien finalmente tuvo un triste desenlace.
En su libro “Exhala. Todo va a estar bien… si tú lo decides” (Aguilar), Gaby comparte su experiencia sobre este proceso y deja la enseñanza de que la vida nos da la oportunidad de elegir entre sumirnos en un eterno duelo u honrar con agradecimiento cada minuto vivido al lado del ser amado. Esto último ha optado ella.
El libro lo presentará en Mérida el próximo sábado 16, a las 5 p.m. en el Centro de Convenciones Siglo XXI, durante la Feria Internacional de la Lectura Yucatán.
Para ti la palabra “exhala” tiene particular significado, tanto que es el título de tu más reciente libro…
Sí, fue un aprendizaje que tuve a raíz de la muerte de mi esposo (Pablo González) y de su enfermedad de dos años durante la pandemia; no podía estar en peores circunstancias de todo. Me di cuenta que dentro de ese dolor y oscuridad que sentía bastaba con voltear a ver el cielo, observar el río de la ciudad de Rochester, Minnesota, donde nos encontrábamos; voltear a ver algunas flores que me hubieran enviado y eso me permitía encontrar la fuerza de la vida. No tenemos que esperar a que la vida se componga, porque siempre va a haber algo, para poder exhalar y darnos cuenta del privilegio de estar vivos.
Cincuenta y cuatro años de amor y 50 de matrimonio al lado de Pablo. Escribir este libro sin duda fue difícil…
(El poeta persa) Rumi tiene una frase que dice: “La única manera de aliviar el dolor es atravesarlo” y para mí repasar cada minuto desde que nos enteramos del cáncer de Pablo fue atravesar el dolor. Enfrentarlo, revivirlo, escribirlo, honrar lo que sentía fue mi terapia de sanación. Lo escribí no con la idea de ayudar a otros, sino para salir del mar en el que sentía que me estaba ahogando. Al final, cuando el proceso había tomado casi un año, en esa parte del libro me puse a reflexionar y dije: ojalá que esto que aprendí le sirva a otras personas que estén pasando por un dolor de este tipo, del cual no se libra nadie. En lo particular hubiera agradecido aprender de otros. A mí no me interesó leer nada sobre pérdida y muerte porque te crees especial, diferente, hasta que te das cuenta que lo pasas igual que todos.
¿Podrías hablar del proceso en que comprendiste que “no se puede patear, ignorar o saltar, hay que darle su tiempo, espacio, honrarlo, reconocer el dolor, rendirse”?
Es una mezcla de todo al mismo tiempo. Primero no sabes ni cómo te llamas, no tienes la cabeza en su lugar, todo tu mundo interior y exterior cambia… Imagínate un compañero de vida que no solamente es tu marido sino tu amigo, tu amante, compañero de viaje, psicólogo, el asesor para cualquier cosa con tus hijos, al que apapachabas para ver la tele… ¡De pronto no está! Todo el mundo te cambia, incluso las finanzas, yo nunca vi nada de mi casa porque él me consentía tanto que pagaba todos los gastos de la casa. Fue un cambio radical, interior, en el que necesitaba estar sola. Mi reacción fue ahuyentarme del mundo, lo hice cuatro meses en que no estuve en contacto con nada electrónico (noticias, tele, celular), dejé de escribir unos meses pero me di cuenta que hacerlo era parte de mi sanación y le ofrecí disculpas a mis lectores si no tenía otro tema pero necesitaba escribir. Fue mi única manera de sanar. Me fui sola a Cancún a pasar una semana al lugar adonde mi esposo y yo íbamos muy seguido por temas de trabajo o a descansar. Y me fui a sentir la soledad, a procesar lo que estaba pasando y creo que esto es importante porque cuando quieres ignorar el dolor tarde o temprano tiene que salir por algún lado: en una enfermedad, achaque, irritación sin sentido; en cambio, cuando le das su espacio lo sanas más fácil.
¿Este libro es diferente de tus 16 anteriores?
Es totalmente diferente. Los otros 16 libros —y estuve muchos de estos años escribiendo para Diario de Yucatán, donde siempre me acogieron con mucho cariño— los escribí desde la cabeza, desde investigar, aprender, leer cosas de universidades, estudios de la salud, sobre psicología; ésos fueron siempre mis temas y aprendí muchísimo. Pero de pronto estábamos en Rochester con mi esposo en la semana en la cual él todavía podía hablar, sin saber ninguno de los dos que a la siguiente no lo podría hacer porque estaría sedado; le dije que no tenía tema para mandar a los periódicos, y con lo que estábamos pasando qué cabeza tendría para esto, tiempo menos. Entonces Pablo me dijo: “Vieja linda, ¿y por qué no escribes desde el corazón? Cuando lo haces te sale tan bonito, prométemelo”. Y le prometí que así lo haría. Para entonces no sabía a lo que me comprometía, pues escribir de esa manera es estar en otro canal, otro lenguaje, otro acceso al que yo normalmente no solía ir, porque no es un territorio fácil para mí. Era como bajar en el elevador a ese lugar del corazón donde naturalmente yo estaba, porque ya no veía el mundo desde arriba, lo veía desde ese lugar del corazón. Cuando Pablo muere me di cuenta que escribiendo desde ese lugar era lo que me sanaba. Aunque pausé por dos semanas escribir para los periódicos, seguí escribiendo de esa manera sin saber que iba a formar un libro. De pronto mis editores me vienen a ver y me dicen: “Oye, Gaby, ¿por qué no compartes tu experiencia?”, a lo que respondí que no era mi pretensión pues no soy tanatóloga, psicóloga ni terapeuta; pero ante su insistencia hice esta parte del libro (la tercera, “La recuperación”) escribiendo con la herida abierta como por un año y dos meses. Con el tiempo, el amor de la familia, la gente, mi misma escritura, la fuerza de la vida me fueron ayudando a sanar la herida y me di cuenta que me daba más trabajo ir otra vez a ese lugar para escribir, ya no estaba siendo fiel a mi promesa porque me tomaba mucho tiempo reflexionar cómo decir las cosas desde el corazón.
¿Cuán importante ha sido el amor en tu vida?
Me di cuenta que finalmente es lo único que importa y da sentido a la vida. Es lo único que te salva, alivia y te hace sentir plena y feliz. Puedes estar rodeada de cosas materiales, pero sin amor éstas no tienen sentido. Y no necesariamente me refiero a un amor romántico, sino el amor a la vida, a tus hijos, tu familia, a lo que haces. Es lo que te conecta con el Creador, porque somos su imagen y semejanza. Somos armonía, somos amor y eso se nos olvida a veces por las preocupaciones de la vida. Cuando nos conectamos con lo que somos es cuando nos sentimos felices.
Pablo te decía “todo va a estar bien” y le adicionaste “si tú lo decides”. Compártenos la intención de esta frase.
Pablo siempre fue un optimista y positivo, fueron las cosas que me enamoraron de él, me jalaba con su fuerza para adelante a decirle sí a la vida, que todo iba a estar bien, incluso esta enfermedad pensamos que la íbamos a superar y ya vimos que no. Pero me di cuenta que, cuando mi esposo muere, si bien la vida va acomodando los caminos de manera increíble y te da una fortaleza que no esperas, eso va a ser si yo lo decido, porque me pude haber quedado en el dolor, en la depresión y en el “pobre de mí, ya se fue el amor de mi vida, ahora qué voy a hacer”. Esto es justificable, no lo critico, pero a nadie ayuda, no es digno de la vida responderle así. Yo sé que Pablo, desde donde esté, está orgulloso de ver que he salido adelante y lo que más lo decepcionaría sería verme tirada en el suelo, haciéndome latigazos de victimización. Esto finalmente cansa a la gente a tu alrededor que te acompaña y te quiere, pero cada quien tiene una vida por resolver. Todos conocemos gente que agarra luto por muchos años y permanece así, con antidepresivos y, aunque todo es justificable, hay un momento en que tú decides hasta qué punto honras el dolor. Me di cuenta que hay dos lugares de donde viene el dolor: uno, a través del corazón, ése es el verdadero duelo, el que te llega sin avisar, cuando escuchas una canción, un espacio vacío, un objeto; el dolor te revuelca y se va cuando quiere. Pero el duelo de arriba, el de la cabeza, ése es opcional, porque, si bien es lógico que al principio tienes ese duelo de los dos lados, llega un momento en que es un camino a escoger: optar por agradecer el privilegio de haber vivido 54 años de amor. Ése es de veras el tapete que me ha sacado adelante, ¿cuánta gente no conoce el verdadero amor?, ¿cuánta gente no tiene esa relación de pareja divina que tuvimos? Hay gente que cree que el amor no existe, ¡claro que existe!, tuve la suerte de haber encontrado a un caballero de cuerpo y alma que me hizo muy feliz, así que no tengo derecho a atormentarme con la mente, sino honrar su memoria con el agradecimiento.
¿Es definitiva tu decisión de no volver a escribir artículos?
Luego de 45 años de trabajar y 20 de escribir para revistas y periódicos me dije: quiero dar clases, explorar otras cosas y, como compartí en mi último artículo, ante mi indecisión le pedí a Pablo una señal para aconsejarme, que llegó cuando en mis clases de yoga vi una sudadera con la leyenda “Si no es ahora, cuándo”. Entonces tomé la decisión de dejar de escribir, pero parte de mí lo extraña porque es un camino de autoconocimiento. No saben lo feliz y aligerada que estoy de no tener el peso de escribir una columna a la semana que sea de interés, bien investigada, entregar a tiempo. Si bien parte de mí se siente liberada y feliz, otra parte se da cuenta que escribir es enriquecedor, es estar más presente. No sé si mi decisión sea definitiva o serán unas vacaciones de momento, no sé si después me vuelvan a aceptar, aunque me anima mucho saber que mis aportaciones gustan a los lectores. Como decía una terapeuta: ya exhalaste con el libro, ahora te toca inhalar la vida. Eso es en lo que estoy ahorita, viviendo esta etapa y ya luego la vida dirá. Puede ser que me anime a volver a escribir.
¿Qué te gusta hacer cuando visitas Mérida? ¿Tienes algún recuerdo especial de Yucatán?
Cuando voy a Mérida me gusta ir a comer. Toda la comida yucateca me fascina, mi platillo favorito es el relleno negro, aunque también me gusta mucho el queso relleno y los vaporcitos. Lo que más me gusta de Yucatán es su gente, lo digo de corazón, son ustedes los yucatecos muy especiales, sensibles, auténticos, distintos. Tuve una amiga lindísima, divertida, Lourdes Peón, quien me organizó varias conferencias en Yucatán y me trataba muy lindo, me llevaba a Progreso a comer. Me daba mucha ilusión llegar a Mérida para visitarla. Uno de mis últimos artículos trató sobre una anécdota en Yucatán: asistí a una boda en una hacienda y al retirarme, con tantas cosas que llevaba, no me di cuenta que no traía mi mochila que contenía mi cartera, identificación, hasta que llegué al aeropuerto. Al llamar a la hacienda, la jefa de cuartos se ofreció a llevármela manejando hasta el aeropuerto y me alcanzó justo antes de que cerraran el vuelo; cuando quise gratificarla solo me dijo: “Señora Vargas, hay que aprender a recibir”. Me conmovió tanto que me fui corriendo hacia el avión, lloré y lloré pensando ¡qué divina! Por eso digo que la gente de Yucatán es especial y miren que he viajado por toda la República. Nadie es como la gente de Yucatán.— Rita Elena Vázquez Peña
