Ya lo había anticipado el maestro José Areán, director artístico interino de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, cuando platicó con Diario de Yucatán sobre sus planes para la OSY, que él estaría fijándose mucho en las costumbres y tradiciones de Yucatán, en el calendario, en qué se festeja y cuándo, para adecuar los programas de la Orquesta Sinfónica.
Así que ante la Semana Santa que toca ya a la puerta, y nos obliga a no comer carne los viernes y acercarnos más a Dios, ni mandado a hacer el sexto programa de la Sinfónica, que contempló una sola y única obra: el “Stabat Mater” de Antonin Dvorák.
El “Stabat Mater” se reza en el oficio divino el viernes anterior al Viernes Santo, que debe su nombre —viernes de dolores— a esta bella composición. Como plegaria, medita sobre el sufrimiento de María, la madre de Jesús, durante la crucifixión de su Hijo.
En el programa de mano de la OSY se incluye, entre otros datos, la versión franciscana del “Stabat Mater”, en latín, con su respectiva traducción en español, cuyo primer párrafo dice “Stabat mater dolorosa, juxta crucem lacrimosa, dum pendebat Filius” (Dolida estaba la madre llorando junto a la cruz, mientras el Hijo colgaba).
Conociendo los gustos de Areán, no podría haber elegido entre los más de doscientos “Stabat Mater” que hay el de Rossini o el de Pergolesi, los más interpretados de todos, especialmente bellísimo este último, que nos hubiera encantado escuchar. En su lugar eligió el de Dvorák, que según los conocedores es “monumental y humilde al mismo tiempo” y ocupa una posición prominente porque Dvorák “asimiló aquí el dolor por la muerte de tres de sus hijos, y creó una obra en la que se alternan los estallidos dramáticos con momentos llenos de intimidad. Al final se nos ofrece una visión extática de la resurrección”.
Una joya artística
El “Stabat Mater” de Dvorák es una cantata para cuatro voces solistas, coro y orquesta. Es la primera obra del compositor checo con tema religioso. Los solistas invitados fueron Marcela Chacón (soprano), Carla López-Speziale (mezzosoprano), Dante Alcalá (tenor) y un viejo y admirado conocido de la OSY, Jesús Suaste (bajo).
El coro, del Taller de Ópera de Yucatán que dirige la maestra María Eugenia Guerrero Rada, comenzó tímido, y conforme la obra fue creciendo en intensidad también el coro fue mostrando su madurez y sus bien entrenadas voces, cincuenta y dos en total, entre sopranos, altos, tenores y bajos, que supieron sostener en todo momento la obra de Dvorák en los siete números o partes de la cantata en los que intervienen.
Montar una obra de esta magnitud debió llevarle al coro varias semanas (o meses) de ensayos a piano, más los ensayos con la orquesta ya de cara al estreno, algo que a veces para el público puede pasar desapercibido.
La cantata se divide en partes individuales que se interpretaron anteanoche de corrido en el Palacio de la Música. Dura 81 minutos.
Fe en medio del dolor
La primera y última parte, “Stabat mater dolorosa” y “Quando corpus morietu”, para cuarteto y coro, le dan a la obra un sentido de unidad y redondez a la que supieron adherirse las voces solistas y los coralistas.
En “Quis est homo”, para cuarteto solo, los invitados mostraron por qué han traspasado las fronteras de México para cantar en las salas de música más importantes del mundo.
Sus tesituras contrastaron y se armonizaron entre sí mientras decían “¿Qué hombre no lloraría si a la Madre de Cristo viera en tanto suplicio? ¿Quién no se entristecería a la Madre contemplando con su doliente Hijo?”.
En “Fac ut ardeat cor meum”, para bajo solo, Jesús Suaste hizo gala de su trayectoria de 42 años mientras entonaba “Haz arder mi corazón en amor a Cristo Dios para que así le complazca”.
En “Fac me vere tecum flere”, para tenor solo, el invitado de Jalisco dice a la Madre de Dios: “Déjame llorar contigo, condolerme por tu Hijo, mientras yo esté vivo. Junto a la Cruz contigo estar y contigo asociarme en el llanto es mi deseo”.
En “Fac ut portem Christi mortem”, Dante y Marcela destacan en un dueto cuya letra continúa el acompañamiento a María en su tristeza: “Déjame llorar contigo. Haz que llore la muerte de Cristo, hazme socio de su pasión, haz que me quede con sus llagas”.
En “Inflammatus et accensus”, Carla López-Speziale nos regaló una sentida y profunda interpretación, que es más bien un ruego por la protección de María en el juicio final: “Para que no me queme en las llamas, defiéndeme tú, Virgen santa, en el día del juicio”.
Como se trata de una obra de recogimiento y reflexión, cada parte de la cantata implica un tempo lento, como andante, largo o larguetto, por lo que envolver al público en esta atmósfera es todo un reto y requiere poder conectarse con el dolor.
Así que no era raro que alguien del público, por breves instantes, mirara su reloj o chateara en silencio, aunque el ánimo de la mayoría era de atención y respeto.
Los aplausos, algunos de pie, del público, se hicieron cómplices de los aplausos que entre artistas se prodigaron, pues tanto los solistas se voltearon para aplaudir al coro que tenían a sus espaldas, como los cantantes del Taller de Ópera comenzaron a percutir el piso con los pies, en señal de reconocimiento a los solistas.— PATRICIA GARMA MONTES DE OCA
