Presbítero Alejandro Alvarez Gallegos

La conciencia es la capacidad que tenemos los seres humanos de ser conscientes de nosotros mismos, de nuestras emociones, pensamientos y acciones.

Es la facultad que nos permite tener un sentido de identidad y de estar presentes en el mundo. A través de la conciencia somos capaces de reflexionar, tomar decisiones y ser responsables de nuestras acciones.

Es como la voz interna que nos guía y nos ayuda a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. La conciencia también nos permite conectar con los demás y tener empatía hacia ellos. Es una parte esencial de nuestra experiencia humana y nos hace únicos como individuos.

Por una parte, la conciencia es la voz de Dios, por otra es la voz del hombre que puede usar bien o mal de los valores morales y formarse así una conciencia abierta al diálogo con Dios o endurecida en el pecado. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, una voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla.

En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente (cf. Rom 2, 15-16).

Para San Pablo, la conciencia es en primer lugar un testigo que juzga del valor moral de un acto (cf. Rom 2,15). La conciencia juzga nuestras acciones personales (cf. Rom 9, 1; 2 Cor 1,12). Para el Apóstol el carácter divino de la conciencia está mucho más señalado en el cristiano, pues su conciencia está penetrada por el Espíritu Santo: “Mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo” (Rom 9, 1).

La conciencia, dice también San Pablo, no solo juzga las propias acciones, sino también la de los demás. Hay que tener en cuenta esta conciencia ajena, aun la de aquél que está equivocado, pues la caridad está por encima de todo y nos pide no escandalizar a los hermanos débiles (cf. 1 Cor 10, 28-29; 2 Cor 5, 11).

En su carta apostólica “Novo millenio ineunte”, del 6 de enero de 2001, el papa Juan Pablo II dedica cuatro números, del 24 al 27, a la reflexión sobre la conciencia de Jesús. En el n. 24 afirma que los Evangelios “… nos ofrecen una serie de elementos gracias a los cuales podemos introducirnos en la ‘zona límite’ del misterio (de la Encarnación) representada por la autoconciencia de Cristo. La Iglesia no duda de que en su narración los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, captaron correctamente, en las palabras pronunciadas por Jesús, la verdad que él tenía sobre su conciencia y sobre su persona” (NMI 24a).

“Aunque sea lícito pensar que, por su condición humana que lo hacía crecer ‘en sabiduría, en estatura y en gracia’ (Lc 2,52), la conciencia humana de su misterio progresa también hasta la plena expresión de su humanidad glorificada, no hay duda de que ya en su existencia terrena Jesús tenía conciencia de su identidad de Hijo de Dios” (NMI 24b).

“Precisamente por el conocimiento y la experiencia que solo él tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Solo él que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aun, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma. La tradición teológica no ha evitado preguntarse cómo Jesús pudiera vivir a la vez la unión profunda con el Padre, fuente naturalmente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono”.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida

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