Si la pasión y muerte de Jesús anuncian dentro del misterio pascual la redención de todos los humanos y el perdón de los pecados, la resurrección completa el misterio con la victoria de Cristo.

La muerte ha quedado vencida de manera tan definitiva que San Pablo podrá exclamar: “¿Dónde está, muerte, tu triunfo?”.

La angustia existencial del hombre que ve acercarse constante e inevitablemente su fin terrenal ha encontrado una luz que lo libera de las tinieblas de la desesperación y lo ilumina con la esperanza de la resurrección.

Con razón hay algo dentro de nosotros que tiene aliento de eternidad y que nos hace vislumbrar nuestro destino trascendente.

Nuestra sed de infinito nos hace sentirnos ciudadanos de otra patria, buscadores del Absoluto; soñamos con otras tierras que están más allá de nuestras fronteras.

Con inspiración profética resuena la elocuencia de Isaías: “Revivirán los muertos, sus cadáveres resurgirán, despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es tu rocío y la tierra echará de su seno las sombras” (Isaías 26, 19).

La fidelidad del Todopoderoso se ha confirmado, Dios es fiel a su palabra y su palabra tiene poder para resucitar a los muertos.

En el libro del profeta Ezequiel, en el capítulo 37, se anuncia la resurrección de Israel como símbolo de la resurrección futura por medio de la visión de los huesos secos que, al recibir el Espíritu de Dios, se cubrieron de carne y de nervios. Ezequiel profetiza y habla en nombre de Yahvé: “Yo abriré sus sepulcros y los sacaré de sus sepulturas, pueblo mío”. En la cruz Jesús murió por todos para dar vida a todos. Al resucitar comunica su victoria a todos los hombres.

Por tanto, nosotros resucitaremos porque Cristo resucitó como primicia de los que se durmieron, porque habiendo venido la muerte por un hombre (Adán), por otro hombre vino la resurrección y la vida (Jesús), estando seguros de que el que resucitó a Jesús también nos resucitará por Jesús y con Jesús.

Si nos hemos hecho como una misma cosa con Él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante. Creemos en la resurrección de la carne porque creemos en Aquél que tiene palabras de vida eterna, en Aquél que dice: “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque muera vivirá” (Juan 11, 25). “Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me ha dado, sino que lo resucite en el último día” (Juan 6, 39).

Cristo ha resucitado. ¡Aleluya! También nosotros resucitaremos.

¡Gloria a Dios!

Presidente de Laicos Unidos para el Bien Común (Lubic) y consejero del Organismo Promotor de Instituciones para la Democracia, A.C. (Prodem).

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