“LA SEMILLA GERMINA Y CRECE…”
Jesús prosigue con dos nuevas parábolas que completan la del sembrador. A primera vista, con la parábola del “grano de trigo” que germina por sí solo se insiste en la fuerza vital que posee la semilla del Reino de Dios, depositada ya en la tierra. En la parábola del “grano de mostaza” Jesús hace recaer el acento en el sorprendente y grandioso resultado final de la acción de Dios, pero subrayando el valor decisivo del momento presente.
Así pues, las parábolas de la semilla y del grano de mostaza contienen la idea de crecimiento, con diversas posibilidades de aplicación: la de la semilla habla de la eficacia intrínseca del Reino y de su desarrollo progresivo, y la del grano de mostaza, de la desproporción entre el origen (cuanto que es la más pequeña de las semillas) y el final, porque es como un árbol grandioso.
La semilla es fecunda, pero necesita que nosotros seamos la tierra buena que la acoge; después, vendrá el fruto de la virtud: “Cuando concebimos buenos deseos, echamos las semillas en la tierra; cuando comenzamos a vivir bien, somos hierba, y cuando, progresando en el buen actuar, crecemos, llegamos a ser espigas, y cuando ya estamos firmes en la virtud con perfección, ya llevamos en la espiga el grano maduro”.
El Reino de Dios sigue siendo un don de Dios, una acción divina dentro de nuestro acontecimiento humano. Jesús da a entender que Dios ya ha implantado su reino de una manera oculta, paradójica; sin embargo, este comienzo oscuro conlleva en sí la fluorescencia sucesiva, lo cual nos transmite la confianza que de un modesto comienzo se obtiene una gloriosa conclusión.
