“El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza” (André Maurois, escritor francés, 1885-1967)
Como cada año estoy frente a un espejo que conmigo tiene más de 45 años, contemplo el mismo mar, el mismo cielo y observo los muebles que me han acompañado todo este tiempo que ha sido generoso con una servidora.
Pero ese tiempo se ha ido y los recuerdos afloran en la mente sintiendo que todos ellos son a modo de una película que narra una historia en la que la protagonista tiene familia y tiene vida, lo que la lleva a un sinfín de evocaciones.
Esas rememoraciones están dentro de uno y nadie te las puede quitar, pues son de uno mismo. Es lo vivido a través de largos años. Y me pregunto, ¿seré la misma?
Doy la vuelta y me encuentro con el espejo que me muestra anualmente los cambios de la persona que está frente de él y observo con atención lo que ese espejo quiere decirme.
Me dice la verdad y entonces camino hacia las ventana y me asomo por ella para ver la mata de árbol de uva que crece hacia el cielo, mostrándome sus largas hojas y el inicio de sus frutos. Y escucho voces familiares.
Pienso en Gaza, en Israel y en Rusia con sus ataques violentos, en la problemática social y la pobreza, en la belleza que hay en el mundo y en las maravillas que se pueden ver en los museos y le doy gracias a Dios de estar en el mismo lugar, en el mismo espacio, pero en otro tiempo.
Saco mis cosas de la maleta y me enfrento a otra etapa que será registrada en ese espejo.
