“DEL CORAZÓN SALEN LAS MALAS INTENCIONES…”

Un grupo de fariseos del lugar y algunos letrados de Jerusalén intervinieron escandalizados al ver que los discípulos de Jesús no se lavaban las manos antes de comer. San Marcos informa sobre las costumbres judías que desconocían sus lectores: estos lavatorios no obedecen a un deseo comprensible de limpieza, sino a una exigencia religiosa.

La purificación ritual es algo que se encuentra en los libros del Antiguo Testamento; pero los fariseos se habían excedido en la práctica de purificación hasta el extremo de “lavarse” varias veces al día, lo cual resultaba intolerable principalmente a los trabajadores y en un pueblo en el que el agua no era muy abundante.

Jesús se sentó a la mesa de un fariseo sin haberse lavado antes las manos, lo cual produjo un gran escándalo. El maestro aceptó este planteamiento y, utilizando una cita del profeta Isaías, echó en cara a los fariseos que practicaran una religión vacía, un culto de los labios, pero no del corazón.

Mientras se mostraban tan escrupulosos en el cumplimiento de tradiciones humanas, quebrantaban sin reparo los mandamientos de Dios. En este contexto Jesús enseñó que lo que mancha a la persona no es lo exterior, sino lo que hay y sale de su interior: lo decisivo es la pureza del corazón, la voluntad es lo que da valor moral a todas las acciones y palabras humanas.

Recordemos que el corazón —en el lenguaje bíblico— designa la conciencia, las decisiones fundamentales y su operatividad. Es en este abismo profundo de la libertad humana en donde nacen las verdaderas torpezas e impurezas; por lo tanto, es allí donde se juega el destino de la persona, y no en la exterioridad de hábitos de ceremonias y de alimentos rituales. La fidelidad a la Palabra de Dios no debe quedar en un simple tradicionalismo, sino que debe ser dinámica, creativa y conectada a la vida.

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