Ningún amor es tan grande como el que tiene un padre por su hijo —Dan Brown

Hemos reflexionado y llegado a la conclusión de que como padres de familia no queremos nada para nosotros, pero eso sí, para ellos, nuestros hijos, queremos algo:

Quisiéramos que nuestros hijos sean felices, amando a las personas que los acompañan en el cruce turbulento de la vida.

Que sean sencillos, con sensibilidad humana para que esto los ayude a involucrarse en la problemática social.

Quisiéramos que no fijen su esperanza en el tener, sino que traten de ser personas íntegras, ejemplares, contentos de sí mismos, trabajadores y con tiempo para ellos y para sus familias.

Quisiéramos que su ambición sea el enriquecimiento personal, el cultivarse, el amar a su tierra defendiendo sus valores tradicionales.

Quisiéramos que sean saludables de cuerpo y de alma y que no se dejen llenar de frivolidad.

Que no hablen de las personas, sino que hablen de ideas.

Quisiéramos que eduquen a sus hijos y que comprendan la importancia que tiene la formación hasta los 7 años de edad donde se pone la base del desarrollo personal.

Quisiéramos que fueran modelo de Cristo, que es modelo de caridad y de amor.

Quisiéramos que los que viven con ellos los quieran, para que así los hagan felices y que los sepan comprender.

Quisiéramos que templen su voluntad, que no sean avaros ni derrochadores, que tengan disciplina y buen humor.

Y, pensándolo bien, sí queremos algo, que nos abracen y nos den un beso y, sobre todo, que nos respeten entendiéndonos.

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