“¿POR QUÉ ME ANDABAN BUSCANDO?”
Desde hace muchos meses corren tiempos recios para la familia. Llevamos mucho tiempo sufriendo y resistiendo embates contra la institución fundamental de la sociedad que es la familia, compuesta de un hombre y una mujer, más los hijos que esa pareja engendre.
La familia cristiana tiene el desafío de mantenerse en pie ante los profundos cambios culturales que se han originado en los tiempos recientes. Por eso es necesario mucho discernimiento, mucha serenidad, mucha tolerancia, mucho diálogo sano y sin manipulación. Sobran todas las actitudes de intolerancia. Es necesario ejercitar mucha misericordia en medio de tantas familias heridas.
Las familias cristianas deben aportar en este momento crítico y difícil las mejores lecciones y los mejores testimonios que nos dejó la familia de Nazaret. La experiencia de fe de san José y la Virgen les proporcionó cohesión y les mantuvo unidos desde el momento de la Anunciación. Ni la prueba, ni la persecución, ni el exilio les debilitó y, menos, les separó. Al decir de san Lucas, el cuidado y la educación del Hijo fue prioridad de los papás José y María. Y, al final, se dio al Hijo libertad para que cumpliera cabalmente su vocación y su misión.
Hoy, pues, el texto del Evangelio nos presenta a la Familia de Nazaret en su visita al templo de Jerusalén. El núcleo central de la escena está en Jesús “sentado en medio de los doctores, mientras los escuchaba y los interrogaba” (v. 46), y a María, su madre, le respondió: “¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi padre?” (v. 49). Fue la primera gran autorrevelación que Jesús hizo de su destino, mientras siguió sujeto a la autoridad de José y María, sus papás.
La Sagrada Familia es la imagen ideal de cada familia. El espíritu ejemplar que reinaba en Nazaret, la Iglesia quiere despertarlo hoy para que reine en todas nuestras familias.
