La madre Carmen Teófila Brito Méndez, quien cumplió 100 años, rodeada de las hermanas misioneras Hijas de la Madre Santísima de la Luz Leydi Beatriz Ku Moo, María Elena Pool Pech y María Antonia Solís Cetina
La madre Carmen Teófila Brito Méndez, quien cumplió 100 años, rodeada de las hermanas misioneras Hijas de la Madre Santísima de la Luz Leydi Beatriz Ku Moo, María Elena Pool Pech y María Antonia Solís Cetina

El convento de las Madres de la Luz, ubicado en Xoclán, vivió un día de celebración. Además de ser un lugar lleno de historia y dedicación a la fe, esta casa alberga a las misioneras Hijas de la Madre Santísima de la Luz, con un lugar especial para la madre Carmen Teófila Brito Méndez, quien ayer celebró su centenario de edad.

Nacida en el barrio de Santa Ana, en Mérida, la madre Carmen ha dedicado su vida al servicio religioso. En 2012 celebró 50 años de su consagración. Actualmente tiene 62 años de vida consagrada, en la que ha dejado una huella profunda de amor y fe en todos quienes la conocen.

Es una mujer de carisma, atenta y tierna. Su presencia tiene la cualidad que hace sentir a las personas como si estuvieran en casa. Cuando te acercas a ella es como si tuvieras a tu lado a una madre, a una abuela o a cualquier ser querido que te brinda consuelo y paz.

Desde pequeña, la centenaria dama sintió una inclinación especial por lo espiritual, como si un susurro suave le hablara al corazón, un llamado que no podía ignorar. Su destino siempre estuvo claro: ser misionera. Este deseo, tan profundo y sincero, ha sido la guía de su vida, y con cada paso que da sigue cultivando esa vocación que le fue asignada desde su niñez.

Fue huérfana de madre desde los seis años y su padre era retirado ferrocarrilero. A pesar de las grandes montañas que tenía que escalar, siempre hubo la esperanza de lograr su sueño de ser misionera.

“Estaba muy chica, fue difícil para mí, fue duro; me hizo muchísima falta mi mamá. Mi abuelita paterna, Josefa, es la que siempre vio por mí pero a los 10 años ella partió”. La mirada de Carmen solloza entre lágrimas ya que para ella su abuela fue su segunda madre y perder dos veces a una mamá es un dolor profundo, un dolor que pudo mitigar gracias a su fe.

Sintió el llamado

Ella tenía deseos de ser religiosa guadalupana o teresiana. “Me decían que no, que estaban cerradas la puertas para mí, porque en mi tiempo se tenía el estigma de no ser legítimas. Además, no tenía el matrimonio de mis papás por la Iglesia, esto igual pasaba con los que querían ser sacerdotes”, recordó.

Por muchos años no pudo entrar a una congregación, pero ella seguía teniendo esa espina porque sentía que Dios era su destino. Donde sí la aceptaban era en el convento de las Madres de la luz pero Carmen en principio no quería aceptar, aunque con el tiempo se convenció.

A mediados de la década de 1940, cuando tenía 31 años, decidió entrar como misionera. “Dios se acercó a mí desde que era pequeña, desde que iba a las misas de las 6 a.m. a Santa Ana, sentía el gusto por la misa, por los cantos, era imposible dejar el sueño de ser misionera, de ser parte de una congregación”.

Compartió sus anécdotas, por ejemplo, cuando logró revivir la fe a una familia.

Confesó que no le gustaba su nombre Teófila. “Sentía que las tripas me bailaban cuando escuchaba ‘¡Carmen Teófila!’, pero ahora sí me gusta porque el obispo me dijo que mi nombre significa amada de Dios, ‘entonces Dios la ama a usted’. Viendo el cauce de mi vida, veo cómo el Señor se ha encargado de abrir mi camino. No tenía el cariño de una familia pero tenía el cariño de Dios, que es el mejor”, reflexionó.

La religiosa siente que si fuese una guía espiritual enseñaría el buen ejemplo y a tomar en cuenta a Dios. “Actualmente no se valora bien al ser humano como Dios quiere”.

A lo largo de su vida consagrada, Carmen ha llevado al cabo su labor misionera en diversas partes del país, como Campeche, Cozumel —uno de sus lugares favoritos, aunque solo permaneció allí un año—, Valladolid, Peto, Carrillo Puerto, Cancún, y fuera de México, en Belice. Cada uno de estos destinos ha dejado una huella significativa en su camino espiritual y en su misión de servir a los demás.

Ayer, junto a las hermanas de la congregación celebró su onomástico con una misa de acción de gracias y un pastel. Las hermanas se acercaban a la madre Carmen para felicitarla, mientras ella cantaba con alegría.

“Me siento tranquila y confiada en Dios”, dijo. “Abrazar la vida consagrada es lo mejor que podría hacer una mujer. Soy feliz como religiosa y, sobre todo, soy dichosa”.— Sofía Vital Chablé

La madre Carmen Teófila Brito Méndez tuvo cuatro hermanos: dos mujeres, Dominga y Josefa, quien era la mayor, y dos hermanos de los que no recuerda sus nombres. Le gustaba acompañar a sus hermanas a bailar, aunque ella no lo hacía. “Me gustaba ver bailar a los demás pero yo bailar, para nada, parecía una estatua, no me movía”, indicó.

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