Pasadas las fiestas decembrinas, la rosca de Reyes y en la recta final de los festejos de aniversario de la fundación de Mérida, la ciudad le dio la bienvenida a la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), cuyos inicios de temporada son muy esperados por la sociedad yucateca.
Así se vio en el Palacio de la Música, repleto de una fila a otra, donde la primera parte de la temporada enero-junio 2025 de la Orquesta Sinfónica de Yucatán dio inicio anteanoche en Mérida y el pasado jueves en Valladolid, bajo la entusiasta dirección del maestro José Areán.
Y es que desde el primer acorde de “La tumba de Couperin” de Maurice Ravel, la entrega de Areán, quien al parecer regresó recargado al podio tras las vacaciones decembrinas, fue más que evidente. Decía el director de coros Jorge Medina Leal, que en paz descanse, que hay que dirigir “hasta con los codos”, y es justamente lo que hizo Areán a lo largo del programa. Mientras algunos directores ni se despeinan, Areán sacó todo su repertorio corporal para que la OSY suene como debería.
“La tumba de Couperin” consta de cuatro movimientos (Prelude-Forlane-Menuet y Rigaudon) en su versión orquestal (son seis en la composición original para piano) y se estrenó en París en 1920. No nos debemos dejar engañar por la superficie aparentemente apacible de esta obra de fondo trágico y lamentable. En ella, Ravel reflejó los horrores vividos en la Primera Guerra Mundial que mermaron su salud casi hasta matarlo, y el duelo por la muerte de su madre, el golpe más grave para él de los años de guerra.
“Tombeau” significa “tumba” en francés y, en el Barroco, era una pieza escrita como elegía. Los compositores Louis y Francois Couperin escribieron varios “tombeaux” para teclado, pero se ignora a cuál de los dos le dedicó la pieza Ravel. Los expertos tienen la teoría de que la dedicatoria es más bien un tributo general a la música francesa del siglo XVIII.
Se dice que la pieza esconde los lamentos de Ravel, disfrazados de una suite barroca. Y aunque los patrones rítmicos son propios de las danzas incluidas, el estilo propio de Ravel sale a relucir en la melodía y la armonía de la obra que, reiteramos, es engañosamente apacible.
A la obra de Ravel siguió la bella y famosa obertura “Romeo y Julieta” de Tchaikovsky. Y sí, está inspirada en la obra homónima de Shakespeare. En tan sólo veinte minutos el ruso resume en esta romántica pieza todo el drama de los Capuleto y los Montesco con un sentimentalismo que a algunos les resulta empalagoso y a otros les fascina.
Tchaikovsky era relativamente joven e inseguro cuando compuso esta obra, pasaba por el amor no correspondido de la cantante Desiré Artot (antes de que el compositor reconociera su homosexualidad) y permitió que el metiche de Balakirev influyera a su antojo en la composición así como su propia tragedia amorosa. Su amor perdido le permitió identificarse más con Romeo y así vertió toda su infelicidad e hipersensibilidad en la obertura para chechonear a su antojo y luego enjuagarse las lágrimas como si nada.
Ahora bien, desde el punto de vista musical, la obertura gira en torno al tema del amor, aunque Tchaikovsky no lo suelta en todo su esplendor así como así. Primero nos pasea por un tramo bastante largo de lenta introducción hasta que estalla el primer tema de la sección central. Como música programática que es, asoma Fray Lorenzo, las familias enemistadas (acordes frenéticos) y luego una transición nos lleva al tema del amor, que va a interrumpir varias veces medio para “fastidiarnos” y darnos a cuentagotas el romance hasta que se le dé la gana mostrarnos en todo esplendor a Romeo y Julieta enamorados en forma más extendida y exaltada, tocado por todas las cuerdas y los demás instrumentos.
En la obertura resalta un solo de clarinete, un bello contrapunto en solo de corno con las cuerdas como acompañamiento, y desde luego, el trágico final con dos interrupciones muy obvias para anunciar la muerte de los amantes, primero Romeo y posteriormente Julieta (feroz redoble de timbales). Hay un batir de tambores fúnebres y hay reminiscencias tortuosas del tema del amor.
Lo más hermoso de esta pieza fue ver a José Areán mostrar en su rostro el tema del amor con una sonrisa enamorada y resplandeciente, vehemente, contagiosa; y el contraste en su rostro al expresar la rivalidad y la tragedia. Verlo literalmente bailar esta obra fue una delicia como espectadora.
Tras el intermedio llegó la obra más esperada del programa, al menos para una servidora: la Sinfonía número 5 de Beethoven.
Y es que quién no ama las sinfonías de Beethoven, la mejor cátedra sonora de la transición del clasicismo al romanticismo en la música sinfónica; su temperamento explosivo a apasionado como un huracán o un volcán en erupción manifiesto en cada sinfonía, cada una de ellas única y reconocible para el oído menos entrenado. Al fin y al cabo, fue Beethoven el que logró la masificación de la música académica y niveles de sonoridad que requieren una señora orquesta de al menos cien atriles. Aunque la OSY se defiende bastante bien con un poco más de la mitad.
La Quinta data de un periodo de febril actividad de composición en Beethoven. Es un misterio por qué esta sinfonía tan original y sorprendente ha ganado tanta popularidad y sigue siendo la sinfonía más interpretada de todos los tiempos, dando origen a una serie de arreglos populares. Algunos teorizan que se debe a que los primeros acordes están en clave Morse, símbolo de la victoria de la Segunda Guerra Mundial. Vaya usted a saber. Lo cierto es que una obra maestra y esos primeros acordes hasta un sordo los reconoce.
La obertura es poderosa. No hay melodía, solo ritmo. Así el “destino golpea a la puerta”.
Hay varios aspectos a destacar de esta obra además de sus primeros y sorprendentes acordes. La unidad, por ejemplo, de cuatro movimientos totalmente diferentes por parte del genio alemán; un primer movimiento que parece muy corto, un segundo que parece muy largo, a lo mejor para compensar; un scherzo dinámico, como el primer movimiento, pero su empuje se vuelve misterioso y oculto a medida que se acerca el final; el principio del último movimiento, que se toca sin pausa después del scherzo; la increíble magnificencia y tensión acumulada de la obra, el triunfal principio del final, la primera aparición en toda la historia de la música de los trombones en una orquesta sinfónica… en fin, demasiados elementos destacables.
Antes de comenzar el programa, Margarita Molina Zaldívar dio la bienvenida al público y recordó que la OSY está más viva que nunca. Y aunque el concierto comenzó con estas palabras alegres, terminó con el anuncio de una triste despedida: la de la viola principal de la orquesta, Nikolay Dimitrov, miembro fundador de la OSY, que probará suerte en Ciudad de México.— PATRICIA GARMA MONTES DE OCA


