Ella Shamoyan interpreta el Concierto para viola de Béla Bartók, en la presentación de anteanoche de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY)
Ella Shamoyan interpreta el Concierto para viola de Béla Bartók, en la presentación de anteanoche de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY)
  • Ella Shamoyan interpreta el Concierto para viola de Béla Bartók, en la presentación de anteanoche de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY)
  • A la izquierda, el saludo de Ella Shamoyan y Rodrigo Macías; arriba, el violinista Tomás Marín en el Palacio de la Música y escenas del documental sobre él

“¿Conoces a Tomás Marín Medina? Es un violinista yucateco”, me preguntó una compañera. La verdad es que era la primera vez que escuchaba su nombre. En parte se debe a que su brillante carrera la desarrolló fuera de Yucatán, en Ciudad de México y Europa, a mediados del siglo pasado, y ha vivido alejado del terruño, pues se afincó en la capital mexicana desde su juventud.

Su último concierto en Mérida fue en 1960, según indica Mario Quijano Axle en el programa de mano de anteanoche de la Orquesta Sinfónica de Yucatán.

El viernes, la Universidad de las Artes de Yucatán instaló con pompa y platillo una cátedra en su honor, un merecido homenaje en vida a este galardonado violinista nacido en 1935, discípulo de Jósef Smilovits, Mario Corti, Remy Príncipe y Henryk Szeryng, que honrado disfrutó entre el público de un segundo homenaje, minutos antes de que arrancara el sexto programa de la OSY.

En el escenario del Palacio de la Música se proyectó un documental con fotografías y testimonios del maestro Marín Medina, incluyendo una carta de Pablo Casals elogiando su ejecución de la Partita de Bach que se musicalizó en el vídeo, donde afirma que fue privilegiado al tener de tía a una violinista (Amelia Medina), la que le enseñó sus primeras notas; que el violín le permite comprender la música y que a veces siente que su instrumento le pregunta qué le tiene que dar, después de tanto que él le ha dado.

Tras el breve homenaje dio inicio el concierto, bajo la dirección del maestro Rodrigo Macías, director huésped, y la violista Ella Shamoyan como solista.

El programa arrancó con la Pavana para una infanta difunta de Maurice Ravel, una obra delicada, de lirismo fúnebre, reflexiva y recogida en sí misma, en la forma solemne de la danza del Renacimiento a la que refiere.

Según fuentes bibliográficas, Ravel compuso esta obra por encargo para una princesa, la escribió apresuradamente y sin darle mucha importancia, a la manera de música de salón, esa que puede tocar cualquier aficionado, y rápidamente se convirtió en la obra más famosa del compositor, algo que no esperaba y que le molestaba mucho, pues si la hubiera hecho como una pieza de exhibición para el piano, tan solo los solistas virtuosos la hubieran tocado y las interpretaciones hubieran sido mejores. Lo que es peor, la popularidad de la pavana eclipsó la de sus obras más sustanciales.

No “difunta pavana”

El peor momento para Ravel fue cuando una de esas ejecuciones, mucho menos que notable, fue dada por un niño que la tocó pesadamente en toda su extensión, en un tiempo desesperadamente lento y sin ningún sentido de lirismo. El compositor le dijo al pianista: “Escucha, hijo, lo que escribí es una Pavana para una infanta difunta, no una difunta pavana para una infanta”.

Ravel orquestó la obra años después y se convirtió en una de las más populares obras orquestales, como lo sigue siendo hasta ahora. El acompañamiento de cuerdas a la melodía del corno de la apertura es sobresaliente.

Hay que aclarar que la pavana no fue escrita para ninguna niña difunta, sino que Ravel estaba aludiendo a la forma de la pavana en sí, a pesar de las fantasiosas historias que aparecieron intentando vincular una historia dolorosa a la pieza.

A la Pavana siguió el Concierto para viola de Béla Bartók, que tiene tres movimientos: Moderato, Lento- Adagio religioso-Allegreto, y Allegro vivace.

Hay cierta polémica —como siempre que otro compositor termina una obra de un compositor muerto— en torno a quién es el verdadero autor de esta obra, completada por Tibor Serly a la muerte de Bartók y estrenada el 2 de diciembre de 1949 en Minneapolis. El solista fue William Primrose, distinguido violista que le escribió a Bartók pidiéndole que le compusiera un concierto, a pesar de que para entonces era un músico un tanto desconocido.

Bartók murió dejando inconclusa la obra y un desastre tras de sí, pues al parecer era un compositor bastante desorganizado que escribía en cualquier hoja suelta de papel pentagramado que tuviera a mano, y el pobre de Tibor Serly tuvo que armar un rompecabezas para terminar la obra, entre pilas de partituras sin secuencia, no numeradas, y tampoco estaba indicada la separación de los movimientos.

“La mayor dificultad que encontré fue descifrar su corrección de las notas, porque en lugar de borrar, insertaba sus mejoras entre las notas originales”, escribió Serly.

El siguiente problema era la cuestión de completar las armonías y otros adornos que él había reducido a una forma de taquigrafía, porque, como Bartók observó en su carta a Primrose, “es muy probable que algunos pasajes resulten incómodos o intocables”, algo que también menciona Mario Quijano Axle en el programa de mano de la OSY. Lo único que sí dijo Bartók es que la orquestación sería bastante transparente, pero no había indicaciones con respecto a la instrumentación.

Cercanía a la muerte

Como sea, Quijano Axle destaca que Bartók desarrolló las partes solistas donde se nota “esa proximidad a la muerte, madurez artística y comprensión de la condición humana”, una obra que también califica el musicólogo de “dificultad técnica legendaria, demandando una maestría absoluta del instrumento”, algo que superó dignamente la violista armenia Ella Shamoyan, actualmente miembro de la OSY y docente de la UNAY.

Para deleite del público, que premió su esfuerzo con una lluvia de aplausos, Shamoyan llamó al escenario al guitarrista Yohualli Rosas para interpretar a dueto “Nightclub 1960”, de la suite “Historia del tango” de Astor Piazzolla, una pieza que se hace acompañar con sonidos de percusión de los propios instrumentos y explora sonoridades y técnicas contemporáneas, conservando el alma del tango.

Tras el intermedio, la OSY se lució con la Sinfonía número 3 Opus 90 de Johannes Brahms (Allegro con brío- Andante-Poco allegreto y Allegro).

Iniciada en 1882 y terminada en el verano de 1883, Hans Richter dirigió el estreno con la Orquesta Filarmónica de Viena el 2 de diciembre de 1883, siendo la única sinfonía cíclica del compositor.

Libre y feliz

“El tema de la apertura vuelve al final como un arcoíris después de la tormenta”, expresó el biógrafo de Brahms, Kar Geiringer. Por su parte, Jonathan Kramer hace notar que el motivo introductorio en Fa La-sostenido Fa representa el lema de Brahms “frei aber froh”, “libre pero feliz”, pero que en realidad Brahms jamás fue libre ni feliz, y que el lema del viejo amigo de Brahms, Joseph Joachim, iba más ad hoc: “frei aber einsman”, “libre pero solitario”. Brahms era incapaz de admitir que estaba solo y que no era feliz, y nunca permitió que formara parte de su música.

El motivo “libre pero feliz” insinuó un conflicto, ya que en esta obra sus notas sugieren la tonalidad de Fa menor (las tonalidades menores siempre denotan tristeza o dramatismo) en tanto que la sinfonía está en Fa mayor (tonalidades mayores son más luminosas y alegres, por así decirlo).

Fuera de esa paradoja, lo que sí es cierto es que esta sinfonía llamada “Heroica” es una obra maestra, una joya del romanticismo, dirigida con precisión por Macías. Tal vez de sus cuatro movimientos el más conocido, incluso lo hemos escuchado varias veces en el cine, es su bellísimo tercer movimiento, que incluye un magistral solo de corno, que repite el tema antes expuesto en las cuerdas.

El programa, el penúltimo de la temporada de conciertos ya anunciada de la OSY, se ofrece nuevamente hoy, al mediodía, en el Palacio de la Música.— Patricia Garma Montes de Oca

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