En los últimos dos años he estado acompañando a una persona que atravesó una pérdida profunda. Recientemente me dijo que ya se sentía “bien”, que todo estaba mejor, pero yo no la veo mejor.

Y eso me llevó a reflexionar: ¿De qué sirve querer sentirse bien? ¿Cuál es el propósito real detrás de sanar?

Me di cuenta de que mucho de lo que hizo para “estar bien” fue para volver a disfrutar de lo mismo que, en su momento, le llevó a la pérdida.

Sé que esto puede ser parte de mi juicio, y por eso le quiero dar dos enfoques a este escrito, querida comunidad:

Uno: Vive y deja vivir.
Dos: Pregúntate, ¿para qué quieres estar bien?

Primero, está el querer sanar solo para volver a los mismos patrones de siempre: soberbia, egocentrismo, heridas que arrastramos. No transformar el dolor en aprendizaje es repetir la historia. Es curar la superficie mientras el fondo sigue igual.

¿No sería más sabio usar la herida para reconstruirnos,en vez de volver al mismo lugar?
¿O tal vez, sentirse bien se convierte en un permiso para no cambiar?

Reflexionar sobre esto me hizo darme cuenta de algo más grande: Vive y deja vivir.

Al principio, cuando vi en esa persona reaparecer los mismos patrones, sentí decepción, sentí enojo, sentí que me habían engañado, deseé, incluso, que volviera a caer para que aprendiera. Pero luego me pregunté: ¿Qué clase de persona quiero ser yo?

No quiero ser juez.
No quiero ser verdugo.
No quiero ser quien desee mal a nadie.

Prefiero bendecir su camino y soltar. Aunque duela, aunque me frustre… Prefiero decirle, como me enseña mi programa: “Dios te bendiga.”

Soltar también es amar, amar respetando el proceso del otro y confiar en que cada quien está en su propio camino, aunque no lo entendamos.

Hasta aquí mi reporte.

Escribo para liberarme y porque quizá compartirlo, también pueda ayudarte a ti.

Soy Alejandro Granja, y sé que no tengo toda la razón, pero me interesa construir puentes de reflexión.

Coméntame en mis redes, seguimos el próximo lunes.