Vibrante, sumamente emocional y de gran intensidad resultó el concierto que ofreció anteanoche la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), que, con la interpretación de dos obras de Mozart y una de Strauss, cautivó a la audiencia en una velada en la que se tuvo como solistas invitados a la arpista Janet Paulus y el flautista Miguel Ángel Villanueva, y en la batuta al maestro Jesús Medina.
El concierto se efectuó en el Palacio de la Música y, como es costumbre, se tendrá una segunda presentación hoy a las 12 horas.
La OSY inició con la obertura de la ópera “El rapto en el serrallo” de Mozart, pieza musicalmente colorida, que combina sonidos occidentales y orientales, por lo que el público pudo escuchar instrumentos como bombo, platillos, triángulo y flautín.
Es una pieza alegre, que, tal como suele ser en las oberturas, presenta al escucha una síntesis de la musicalidad que se oirá a lo largo de la ópera. En este caso la Orquesta transportó al mundo oriental en el que ocurre la historia.
Al igual que sucedió en el estreno de “El rapto en el serrallo”, en Viena el 16 de julio de 1782, cuando el propio Mozart dirigió la orquesta, los asistentes obsequiaron fuertes aplausos a la interpretación de la OSY.
El maestro Jesús Medina es conocido de los asiduos a los conciertos de la Sinfónica, ya que ha estado varias veces al frente de la agrupación, la última vez apenas en noviembre pasado.
Bajo la batuta de Medina, quien no solo dirige música sinfónica, sino que también es experto en música de cámara, ópera y ballet, el repertorio fluyó gozoso y él mostró una vez más su manera de conducir, llena de energía y emocionalidad.
La segunda obra de la noche fue el Concierto para flauta y arpa, también de Mozart, que resalta por su especial sonoridad.
Esta unión entre flauta y arpa no es muy común en el repertorio sinfónico, razón por la cual escuchar la pieza fue una de las motivaciones de la asistencia de varios de los presentes.
Para la ocasión se tuvo como invitados al flautista Miguel Ángel Villanueva, destacado concertista mexicano, y a la arpista Janet Paulus, nacida en Nueva York pero que desde hace varios años radica en el país y es en la actualidad integrante de las orquestas Filarmónica de la UNAM y del Teatro de Bellas Artes.
Sus credenciales académicas, pero sobre todo su talento, permitieron la conjunción de sus instrumentos para regalar al público una memorable interpretación.
Es la única obra que Mozart escribió para arpa y se ha convertido en una de las más populares y relevantes para el instrumento.
La pieza permitió disfrutar el nivel interpretativo de los solistas, que, pese al diferente carácter y textura que tienen la flauta y el arpa, armonizaron de manera perfecta en esta composición, en la que se fusionan la dulzura de las notas de la flauta y la suavidad y ritmo del arpa.
No sabemos si es complicado lograrlo, pues Paulus y Villanueva lo hicieron ver como si fuera fácil.
Los invitados decidieron utilizar las cadencias de Lowell Liebermann, ya que Mozart no dejó escritos los fragmentos solistas.
La ejecución de la pieza causó emoción en el público, que prodigó sonoros aplausos a los invitados y a la Orquesta en general, incluyendo al director huésped. Fueron tan prolongados que los solistas ofrecieron como encore “Oleaje” de Eduardo Gamboa. Un “caramelo” de gran belleza.
Tras un breve intermedio, el concierto continuó con “Muerte y transfiguración” de Richard Strauss, una de las obras más dramáticas y conmovedoras del repertorio sinfónico. Este poema sinfónico compuesto entre 1888 y 1889 fue inspirado por el texto de Alexander Ritter, amigo de Strauss.
Algo llamativo es que el poema se incluyó en el programa de mano, por lo que los asistentes pudieron adentrarse en el mensaje que luego sintieron a través de la música. Habla de los últimos momentos de un hombre en su lecho de muerte; la batalla entre la vida y la muerte se percibe en la composición, llena de expresividad.
La Orquesta dio muestra de su calidad como conjunto al abordar de manera precisa esta compleja obra, con el apoyo, claro está, de Jesús Medina en la dirección.
Los sentimientos y emociones se desplegaron a lo largo de la pieza, casi se pudo tocar el dolor y el sufrimiento, el miedo, pero también los buenos recuerdos y, hacia el final, la esperanza y la certeza de la luz eterna, para culminar con un apoteósico cierre lleno de intensidad y a la vez de calma.
Los asistentes aplaudieron de pie a la OSY, reconociendo así su gran desempeño.— IRIS CEBALLOS ALVARADO
