“La paz les dejo, mi paz les doy”
Jesús se despidió con una fórmula usual, pero que adquiere pleno sentido en sus labios; más aún, que trasciende el simple sentido humano. Jesús les da a sus discípulos la paz, pero no como la da la gente.
Jesús da su paz, y él mismo es esa paz. Jesús, al dar la paz se da a sí mismo y, en él, da también al Padre y al Espíritu Santo. Pues Jesús y el Padre son “uno”, y el Espíritu que envía el Padre en nombre de Jesús es también el espíritu del Señor Jesús.
Jesús recuerda a los suyos que ya les habló de su ausencia, pero también de su nueva presencia. Por tanto, deben ser animosos y no tener miedo. En la Resurrección y en la Ascensión de Jesús se muestra a los creyentes quién es Jesús ante Dios Padre: se muestra que Jesús es el Hijo de Dios e igual al Padre.
Quien no ama a Cristo y guarda sus palabras, tampoco ama al Padre y rechaza su Palabra. Ese queda excluido de la íntima experiencia de Dios y de su enviado Jesucristo. El mundo incrédulo no sabe nada de esta venida íntima del Señor y de la visita de Dios. Por eso, Jesús, no se manifiesta a todo el mundo. El Señor se manifiesta a los suyos y vive, con el Padre, en sus discípulos.
Jesús, pues, se dirigió a sus discípulos llamándolos tiernamente “hijos” y a ellos les propuso un mandamiento nuevo. Es nuevo porque es la cláusula fundamental y única de la “nueva alianza” que anunció el profeta Jeremías (31, 31-34) y que fue inaugurada por la Pascua de Cristo. Se trata de un amor recíproco (“los unos a los otros”), por lo que nadie es superior al otro y todos tienen necesidad de amor del otro. Así de sencillo y humanamente difícil.
“Jesús, al dar la paz se da a sí mismo y, en él, da también al Padre y al Espíritu Santo”
