Donde hay comparación… no hay amor. La semana pasada hablamos de las fuentes de abundancia y concluimos que, si no defines la tuya, la limitas. Hoy quiero profundizar en el mayor saboteador silencioso de la abundancia: la comparación.
Nos comparamos más de lo que creemos. Y cada vez que lo hacemos, operamos desde la carencia. Piénsalo así: no es lo mismo decir “este sándwich está bueno” que “este sándwich sí está bueno”.
En la primera frase hay reconocimiento; en la segunda hay comparación implícita. Le otorgamos valor midiendo contra algo o alguien. Así vivimos: midiéndonos, midiéndolos; en el trabajo, en las relaciones, incluso, en la comida.
donde hay comparación, no hay amor. No solo falta amor cuando nos sentimos menos; también cuando necesitamos sentirnos más. Medirnos por encima de otros revela la misma carencia: “como no sé cuánto valgo, necesito un espejo al lado”.
Lo complicado es que la comparación no siempre grita; a veces se esconde en pequeñas frases, en decisiones, en juicios internos. Por eso el “sí está bueno” importa: revela un patrón.
Esa comparación constante nos desconecta de la gratitud. Lo que tenemos nos parece poco o demasiado frágil. Aparece la queja: “me quitaron”, “me deben”. Y la queja no es otra cosa que comparación disfrazada, ponerle nivel a lo infinito.
La abundancia no compite, comparte. Observar tu diálogo interno cambia todo. ¿Desde dónde decides? ¿Desde la plenitud o desde el miedo a quedarte sin nada? Vivimos en un paraíso, pero actuamos como si estuviéramos en un simulacro donde todo se agota.
Por eso pregunto: ¿por qué te molestaría ser “tan condescendiente”? Dar sin medida solo molesta a quien siente que, si da, se queda sin. Si te molesta tanta condescendencia, entonces tienes que trabajar merecimiento. Ahí está tu verdadero límite.
Definir tu fuente es el primer paso; soltar la comparación es el salto cuántico.
Mi nombre es Alejandro Granja Peniche. Comparto mi proceso para expandir el de otros.
Te leo en redes. Nos vemos el próximo lunes.

