• La Ascensión de Jesús muestra el poder y la gloria del Hijo de Dios

“LEVANTANDO LAS MANOS, LOS BENDIJO…”

Jesús, habiendo cumplido su misión, su obra habría de fructificar en la salvación de todos los pueblos. Por eso era necesario que los Apóstoles anuncien el Evangelio a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Aquellas naciones que escuchen el Evangelio y respondan a la llamada de conversión, se salvarán.

Los apóstoles fueron testigos de cuanto vieron y oyeron, en especial de la muerte y resurrección de Jesús. Pero, para que pudieran realizar eficazmente su misión, Jesús les envió “lo que el Padre prometió”, el Espíritu Santo, cuya venida sobre todo el pueblo ya habían anunciado los profetas.

San Lucas concluye su Evangelio narrando concisamente la Ascensión de Jesús. La subida de Jesús al cielo está descrita según la visión antigua del universo. Pero el autor no está interesado en el hecho como un acontecimiento visible, y mucho menos en confirmar la cosmovisión de su tiempo, sino tan sólo en lo que significa realmente la “prueba” o “signo” de la Ascensión: que Jesús retorna definitivamente a la posesión de la “gloria” que le pertenece.

Que Jesús, muerto y resucitado, es hoy el Señor que ha triunfado sobre el pecado y la muerte, que ha tomado posesión del universo y lo ha reconciliado con el Padre. Los textos más antiguos coinciden todos en asociar íntimamente la Ascensión de Jesús a los cielos con su Muerte y Resurrección.

Es, pues, la conclusión triunfal y pascual de la vida terrena de Jesús. Él, como un sumo sacerdote, levantó las manos y bendijo a la Iglesia. Y delante de Él toda la comunidad creyente se puso en actitud litúrgica de adoración, de alabanza y de fiesta. No fue un adiós sino la inauguración de una era de esperanza.

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