El sábado 14 de junio próximo, en el marco de la 19a. edición de La Noche Blanca, el Centro Cultural Olimpo abrirá sus puertas a una exposición que hará historia: “Gesto y color: El legado de Gabriel Ramírez Aznar”.
Esta gran muestra retrospectiva reúne 50 obras en óleo y acrílico que recorren la prolífica trayectoria de uno de los máximos exponentes del arte contemporáneo en Yucatán.
Nacido en Mérida el 4 de enero de 1938, Gabriel Ramírez Aznar inició su camino en la pintura en 1959, influenciado por la película “Sed de vivir”, sobre la vida de Vincent van Gogh.
En una entrevista muy honesta, el artista recordó con humor sus primeros intentos y algunos pensamientos que lo rondan.
En la quietud de su casa en Itzimná, testigo de décadas de creación, el maestro Gabriel Ramírez habla de la pintura como quien recuerda una herida y una dicha al mismo tiempo.
No hay fórmula ni romanticismo fácil: hay memoria, trabajo, y también desencanto. “No puedo decirle a nadie ‘ponte a pintar’. A ti te tiene que gustar por ti mismo”, dice, tajante. Y repite: “Nadie te va a enseñar a pintar. Tú aprendes mientras pintas”.
Todo comenzó con una carta de Van Gogh. O al menos, con el impulso que provocó en él. “Decía ‘tírate a pintar’. Lo hice, y era una cosa terrible… lo que me salió. Horrible. Lo primero que intenté fue un retrato de Juárez. No sé por qué”.
Recuerda cómo ese óleo se convirtió en lienzo para otros cuadros que también fueron borrados. “Pintaba en un rincón del comedor. Ahí empezó todo, en México”.
A pesar de que su madre había vivido precariedad como esposa de un hombre asediado por acreedores, nunca le prohibieron pintar. Pero lo de dedicarse a la pintura ya era otro asunto.
Para ella, la pintura estaba asociada a un personaje marginal: el hermano de doctor, el único pintor que conocía, pintor de fachadas que vivía lleno de polvo y con las greñas alborotadas. “No tenía la disciplina necesaria, por eso los resultados… ahí estaban”, confiesa.
Pero fue en la publicidad, ya en su juventud, donde dos figuras clave lo animaron: Ascot y Alberto Regás, abuelo de Carolina Tangassi.
“Gracias a esa familia seguí. Ellos amaban la pintura. Ellos me decían las cosas como eran. Un día me dijeron: ‘Estás pintando muy mal desde hace dos años’. Yo pensé que nadie se había dado cuenta”.
Esa crítica, lejos de derrumbarlo, lo ubicó. “Hay que reconocer los límites”, dice el pintor.
Ni el ego ni el mercado
En una entrevista colectiva como expositor en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, una dama le preguntó si estaba satisfecho con su pintura. “Claro que no”, respondió sin rodeos. “Me gustaría pintar como Monet o como Matisse. Pero resulta que pinto como Ramírez. Es una tragedia”.
Detrás de la honesta carcajada al final del comentario anterior, hay una verdad más amplia: la pintura no puede depender del ego ni del mercado. “Los grandes pintores no pintaban por dinero. Vivían casi en la miseria, arrastraban a sus familias. Solo unos pocos encontraban mecenas. Si tienes un modo de vivir que no sea la pintura, entonces pinta. Diviértete. No lo hagas por vender”.
Entre anécdotas de inicios y tropiezos, el maestro recuerda con humor a sus primeros compradores: Álvaro Mutis y el escritor Gabriel García Márquez.
“Un día, a Mutis se le desprendió un pedazo de óleo de un cuadro y me dijo: ‘¿Qué rebaja me haces por esto?’”, cuenta entre risas.
Muchos de los cuadros que hoy se exponen no los ha visto en décadas.
“Para mí, cambiar de pintura es cerrar un ciclo”, dice. “No me gusta mirar atrás. Cada cuadro que sale de aquí, ya se fue. Ya no es mío.”
Con claridad menciona la diferencia entre arte y farsa. Critica con dureza las manifestaciones contemporáneas vacías.
“Pegar un plátano a una pared y decir que cuesta millones… eso es grotesco. Una escoba, una caja de zapatos vacía… son farsas”.
Para Ramírez, la pintura es otra cosa: trabajo de obrero, oficio exigente.
“Sales al amanecer con tu pan y pintas hasta que se pone el sol. Comer una sopa de papas y a dormir. Esa es la pintura”.
Y aunque hoy existan tecnologías y discursos confusos, él insiste en la necesidad de volver al núcleo: “Ver pintura. Libros, revistas. Y ponerse a pintar sin miedo”.
Sobre su propia obra, lo dice sin ambages: “De esos cincuenta cuadros que van a ver, muy pocos están completos. Tiempo atrás, no creía tener uno. Un cuadro completo es un fenómeno rarísimo”.
El maestro Ramírez no promete nada. No endulza el camino del arte ni lo simplifica. Pero su voz resuena como una brújula firme en tiempos donde el ruido y el mercado amenazan con vaciar el oficio.
“La pintura es tuya, de ti. Si te hace feliz pintar, házlo. Si no, ni lo intentes”.
Acompañado en su charla por la maestra Karla Berrón Cámara, directora de Identidad y Cultura del Ayuntamiento de Mérida, Ramírez Aznar expresó con honestidad que, a esta edad, le fallan un poco las fuerzas y las piernas, para seguir, pero que su última obra pintada en 2024 estará presente en la muestra.
La directora le agradeció por su arte, destacó la generosidad de Ramírez Aznar al compartir su obra con la comunidad meridana y su valiosa conversación para los lectores del Diario y los visitantes a La Noche Blanca, a la que invita a toda la comunidad a asistir el próximo sábado 14.— Darinka Ruiz Morimoto
De un vistazo
Temporal
La exposición “Gesto y color: el legado de Gabriel Ramírez Aznar” estará abierta al público en las tres salas del Centro Cultural de Mérida Olimpo hasta diciembre. Es una oportunidad única para adentrarse en el universo cromático y emocional de un artista que ha dejado una huella imborrable en la cultura yucateca y, por supuesto, aunque él lo hable muy modestamente, el nombre de México en alto en las esferas artísticas internacionales.
