No hay melancolía sin memoria ni memoria sin melancolía. Will Rogers.
En “La Galería”, ubicada en la calle 64 con 73, se inauguró el pasado jueves 5 la muestra “La sucesión del paisaje” del maestro Daniel Heiblum, exposición compuesta por alrededor de treinta obras de pequeño formato que conforman un corpus de pintura coherente y sólido.
En su obra es posible apreciar como el artista plasma el mundo de lo irracional a través de la arquitectura en contextos poco habituales o foros inimaginables que sirven de escenario al hecho pictórico, consiguiendo una realidad ilógica, pero a la vez verosímil ante la capacidad de ensoñación. Infinidad de columnas que, en una insólita proliferación o atiborramiento de pilastras, conforman una expresión singular de la barroquización plástica a través del paisaje. Su trabajo puede tener múltiples referencias estilísticas-históricas, sin embargo, una de las que más se apega a las de la teatralidad propia de su paisaje urbano podría ser la pintura metafísica, ya que las características de esta corriente son la creación de imágenes oníricas y misteriosas, a menudo con plazas desiertas, arcadas y yuxtaposiciones inesperadas de objetos y lugares con iluminación tenue; sin embargo, y a diferencia de éste, el término encuentra su significante en aquello que está más allá de lo físico, de lo tangible; pero la pintura de Daniel Heiblum apunta a lo que hay más allá de la apariencia de lo posible.
Su mundo plástico está lleno de una nostalgia poética y refleja algunas de las experiencias de los sujetos en las ciudades contemporáneas como la soledad y el ostracismo. En su obra se puede descubrir su formación de arquitecto, ya que plantea perspectivas distorsionadas para crear espacios imaginarios en varios planos, alejándose de la representación realista. La presencia vital está representada a través de equinos (caballos o yeguas) que se funden con el paisaje apropiándose de él. Su forma de pintar se trata de piezas tratadas pictóricamente, mediante del “sfumato”, es decir, sin la intención de crear imágenes nítidas, lo cual no transmite una sensación de misterio y profundidad; a lo cual también podríamos decir que podemos entender esto como una forma de representar o plantear los elementos en la tela a manera de “non finito”, ya que sugiere más que representa, utilizando trazos simples o abosquejados o capturando los rasgos característicos del volumen con colores diluidos que sugieren las formas, mostrándonos lo esencial sin necesidad de llegar al detalle naturalista. Por otra parte podemos decir que su obra está cargada de sensualidad, toda vez que la representación de las columnas puede asociarse con la virilidad, ya que en diversas culturas es un símbolo de fuerza, estabilidad y poder, incluso se ha relacionado con lo fálico; por su parte, la figura equina cuya morfología parece asociada a la yegua, puede vincularse como símbolo de la femineidad, la fertilidad y la conexión con la naturaleza, y se destaca que en algunas culturas, se le atribuyen características de sabiduría y protección, aunque también puede ser vista como un símbolo de pasión y sensualidad.
Cada pintura nos permite transmitirnos la melancolía mediante el deshabito, la ausencia humana, misma que está cargada de significados y emociones para generar experiencias únicas en el espectador que las contempla. No obstante, este vacío es un sí mismo un ejercicio intelectual que debe entenderse como una falta de algo, nuestra presencia, pero que se llena en el silencio, la infinitud o la trascendencia (a pensar en uno mismo). El vacío puede interactuar con las formas y los colores en la obra, creando tensión, equilibrio y contraste, mismo que deviene en dimensiones espaciales y atemporales para crear una conexión emocional con el entorno y el recuerdo; sin que nos refiramos al vacío como la nada, ya que la construcción arquitectónica que llena el paisaje nos sugiere la presencia de nuestra especie.
Crítico
