“Tampoco la racionalidad le dan a la persona la libertad más alta, sino su capacidad para elegir entre lo bueno, lo mejor”
“Tampoco la racionalidad le dan a la persona la libertad más alta, sino su capacidad para elegir entre lo bueno, lo mejor”

Cuando contemplamos al ser humano —creatura maravillosa— lo que salta a la vista es su cuerpo delineado según sea su sexo —femenino o masculino— con geniales pinceladas de su autor que definen rasgos precisos y particulares, propios y exclusivos según su sexo.

“No obstante la belleza del cuerpo humano”, la persona trasciende —por mucho— su realidad material y fisiológica.

El cuerpo humano es también expresión de una realidad íntima, inmaterial, invisible que es su Yo —su identidad de persona— que se expresa y se hace visible a través de palabras que, cuando éstas cesan, puede decir todavía más con los ojos y miradas, e incluso con el cuerpo, facultado para expresar una multitud de gestos reservados al “performance humano”.

El ser y el obrar humanos no están limitados por las expectativas biológicas; no se trata simplemente de satisfacer necesidades orgánicas o fisiológicas, sino que se desbordan a través de una realidad que va más allá de la corporalidad, pero también a través de ella.

La persona —según Boecio (Libro V, Consolatione)— es “sustancia individual de naturaleza racional”.

La persona humana, entonces, por ser “sustancia” es estable en la existencia.

Por ser “individual” es única e irrepetible. Por ser de naturaleza “racional” es capaz de saber que sabe.

Boecio mismo dirá: “No la existencia; no la individualidad; tampoco la racionalidad le dan a la persona la libertad más alta, sino su capacidad para elegir entre lo bueno, lo mejor”.

Ésta es “libertad auténtica” y ésta lleva a una “saludable identidad”.

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