• Alumnos y colaboradores de la Universidad Anáhuac Mayab posan con la bandera de México en su viaje
  • A la izquierda, el padre Arturo Castañeda Arnau encabeza una reflexión con el grupo; arriba, una de las jóvenes caminando

El Camino de Santiago, antigua ruta de peregrinación europea que culmina en la ciudad de Santiago de Compostela, Galicia, donde reposan los restos del apóstol Santiago según la tradición, sigue atrayendo a miles de personas.

Cada año, miles de peregrinos lo recorren a pie, en bicicleta o a caballo.

De origen religioso, hoy es también una experiencia cultural, espiritual y personal profundamente transformadora.

Estudiantes yucatecos recorren el Camino de Santiago: ruta portugués

Desde la Edad Media, creyentes y viajeros han recorrido sus diversos tramos, atravesando paisajes rurales, pueblos históricos y ciudades emblemáticas.

La vivencia combina el esfuerzo físico con la introspección, convirtiéndose en un momento de pausa, reflexión y encuentro interior.

Así lo experimentaron el padre Arturo Castañeda Arnau, responsable de la Pastoral Universitaria, y un grupo de 23 jóvenes colaboradores y estudiantes de la Universidad Anáhuac Mayab, quienes recorrieron el Camino Portugués a pie.

La travesía comenzó en mayo pasado en Lisboa, con una escala en Fátima, donde la calma del santuario mariano preparó sus corazones para el camino.

“Fue como el momento antes de la carrera: un espacio de paz para fortalecer el espíritu”, explica el sacerdote.

La ruta oficial duró siete días y abarcó más de 100 kilómetros hasta llegar a la catedral de Santiago. El itinerario completo incluyó también Porto, Finisterre y Madrid, sumando 15 días de convivencia y descubrimiento.

Camino de Santiago, más que un viaje, una transformación

“El Camino no es solo físico, sino espiritual”, afirma el padre Arturo Castañeda.

“Es un espejo de la vida, un proceso en el que uno se descubre, se reconcilia con sus heridas y aprende a caminar al paso del otro”.

Destaca que fue una de las rutas más bellas, pero también de las más exigentes.

Durante el trayecto, las experiencias personales se entrelazaron. Para Valentina Flores Zetina, colaboradora universitaria, fue un anhelo cumplido antes de cumplir 30 años.

“No sabíamos bien a qué íbamos, pero teníamos una misma intención: ofrecer la caminata con amor”, comparte.

Poco a poco, el grupo se fue convirtiendo en comunidad.

“Caminábamos a distintos ritmos, pero nunca solas. Aprendí a amar incluso el cansancio, las ampollas, los silencios”.

Valentina percibió a Dios en cada paso, en la naturaleza y en los gestos de los peregrinos. “Cada ‘buen camino’ era una señal”. El desafío físico fue real, pero regresó agradecida: “A veces olvidamos que el cuerpo también es una bendición”.

Paulo Cuevas Islas, estudiante, fue invitado personalmente por el padre. “Todo fluyó como si Dios me guiara”.

Aunque acostumbrado a entrenar, encontró dificultades: “Mi abuela estaba delicada, y ofrecí el camino por ella. Caminé con dolor, pero también con certeza. El amor se demuestra con sacrificios”.

Los testimonios coinciden en describir la experiencia con tres palabras.

Para Valentina: encuentro, confianza y comunidad.

Para Paulo: presencia, paz y claridad.

“En el silencio sentía a Dios, a los demás peregrinos, a quienes caminaban con intenciones profundas”.

La llegada a la catedral fue emotiva. Lágrimas, abrazos, gratitud.

“Habíamos llegado físicamente, sí, pero sobre todo espiritualmente, más plenos y conscientes”, resume Valentina.

El padre Arturo Castañeda recomienda esta experiencia al menos una vez en la vida: “Muchos estamos en búsqueda, y el Camino puede hacer la diferencia”.

Reconoce como valiosa la iniciativa de la Universidad Anáhuac Mayab por impulsar actividades de formación integral que fortalecen no solo el aprendizaje, sino también la vivencia universitaria.

“Uno no regresa igual del Camino”, concluye, “porque no se trata solo de llegar a Santiago, sino de encontrar a Dios en el trayecto”.