Veamos algunos datos que nos pueden ayudar a conocer mejor la “identidad de la persona”.
En la mujer y el hombre, todo su “yo” —puente y contacto entre el mundo interno y externo— es sexualmente femenino o masculino, que son las dos y únicas facetas de la persona humana.
Hay diferencias biológicas genéticas (aproximadamente 3%), mientras que el resto del organismo —estructural y funcionalmente— es prácticamente igual.
En la conectividad cerebral hay también diferencias. En la mujer hay mayor conectividad entre ambos hemisferios, lo que facilita el procesamiento analítico junto con el pensamiento intuitivo. En el varón hay mayor conectividad hacia el interior de cada hemisferio, lo que favorece la concentración en tareas estructuradas y el pensamiento lógico.
En lo emocional, ambos sexos experimentan una gama completa de emociones habiendo diferencias en la percepción, procesamiento y expresión de las mismas.
En el plano conductual, las diferencias obedecen a una compleja combinación de factores cognitivos, emocionales y experiencias personales derivadas de las costumbres, valores y creencias de la familia, sociedad y cultura en la que nace y crece la persona y no del hecho de ser mujer u hombre.
La fuerte e innegable atracción que existe entre la mujer y el hombre radica no sólo en la pulsión fisiológica, sino, más fuerte aún, en una identidad enriquecedora que la mujer intuye en el hombre y viceversa; una identidad distinta de ser y de sentir, de percibir y de valorar, de dar y de recibir, de amar y de ser amado.
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