“PÓNGANSE EN CAMINO…”

Hoy escuchamos la consideración de Jesús sobre la abundante cosecha y la falta de obreros para recogerla. El dueño de los campos es Dios: a él toca elegir y enviar operarios a la mies. Y las personas solo pueden pedir al Señor que así lo haga; pero, para el envío que hace Jesús, no hace falta alforjas, ni sandalias, ni tan siquiera un bastón….

Sobra todo lo que a nosotros nos parece lo más elemental, pues la única fuerza está en la Palabra de Dios y la mejor ayuda para llevarla a todas partes es la pobreza. El pobre, desprendido de todo y desarraigado de todo, es el único que tiene los pies ligeros para anunciar el Evangelio. Y esta prontitud es lo que hace falta ante la urgencia del Reino de Dios, que está ya cerca de nosotros.

La misión de la Iglesia en el mundo no es otra que la de predicar el Evangelio. Para cumplir esta misión no hacen falta grandes escenarios. Es tanta la prisa para anunciar el Reino de Dios que los enviados de Jesús no deberán detenerse a saludar a nadie en el camino. Los enviados de Jesús son gentes de paz; pero la paz que traen consigo no será siempre bien recibida, ya que no es la comodidad, ni la tranquilidad, ni cualquier otra paz entendida como la entiende el mundo. Es la paz de Dios, una paz que solo se asienta sobre la justicia. Es el Señor el que da sentido y eficacia al anuncio de paz que hacen sus enviados.

La vocación apostólica tiene en la raíz la acción divina que genera los anunciadores de la Palabra. El ingreso en la comunidad de los discípulos y el testimonio no nacen de una particular predisposición o simpatía por el movimiento cristiano o de una candidatura o de intereses personales. La vocación cristiana tiene su fuente en “el Señor de la mies”. Y la fecundidad de la actividad misionera se alimenta solo con el contacto vivo con Dios en la fe, en la gracia y en la oración.

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