Como muchos saben, nací en La Habana. Existe un famoso hotel en mi ciudad natal que se llama Riviera. Fue un elegante y moderno hotel. El primero en Cuba en tener aire acondicionado central, entre otras novedades técnicas.

Entre sus amenidades había un salón bar siempre con música de un agradable piano bar. Llevaba el nombre de L’Aiglon. El nombre me gustaba pero, cuando lo conocí (bastante joven aún), no sabía francés y no entendía qué significaba aquella palabra de evidente connotación francesa. Después supe que significa El Aguilucho. Ese es el nombre que se le da al polluelo del águila y mi historia de hoy es sobre el hijo de un águila, al que forzosamente se le llamó Aguilucho. Napoleón Bonaparte fue el águila y su hijo el aguilucho.

Napoleón Bonaparte se casó por amor con una hermosa mujer isleña, de la Martinica, en las Antillas Menores. Fue una relación tóxica y, por sobre todas las cosas, muy pasional. La relación carnal fue un importante ingrediente en el amor entre Napoleón y Josefina.

Josefina era el nombre con el que pasó a la historia y como él la llamaba, pues antes de Napoleón hubo bastantes, muchos hombres. Su nombre era Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie pero él la llamó Josefina, porque de esa forma no la había llamado nunca ninguno de sus innumerables amantes precedentes.

Josefina ya tenía dos hijos de su primer matrimonio pero, con Napoleón, no nacía ninguno. Para Napoleón era indispensable tener descendencia. Él creaba una nueva dinastía y una dinastía necesita, por sobre todas las cosas, descendencia.

Así estuvieron las cosas hasta que Napoleón tuvo un hijo en una relación extramarital con la actriz Éléonore Denuelle de La Plaigne. Pero no se le atribuía la imperial paternidad porque Éléonore no era mujer de un solo hombre, por muy emperador que fuera. La prueba de que Napoleón no era estéril la recibió al tener un hijo con la condesa polaca María Walewska.

En esas condiciones era evidente que la estéril era Josefina y, por mucho que la amaba, la repudió. El impacto emocional sobre ambos fue enorme… pero la razón de estado imponía una nueva esposa. Napoleón fue a buscarla en la corte de Viena, en la persona de María Luisa de Austria, archiduquesa de ese país, una Habsburgo.

El tiempo en que esa María Luisa tuvo el título de Emperatriz de Francia fue corto, pues pronto se produjo la caída de su esposo. Sin embargo, en ese tiempo pudo darle un hijo en el que se veía Napoleón. Al nacer, le otorgó el título de Rey de Roma como una designación simbólica creada por su padre para subrayar la conexión imperial entre Francia y el legado del Imperio Romano. A la muerte de Napoleón I, su padre, le correspondía el título de Napoleón II. La figura de este Napoleón II o L’Aiglon quedó marcada como símbolo de la esperanza frustrada del Imperio napoleónico. Nació con el peso de un legado glorioso y murió joven, en el exilio, convertido en un mito trágico de la historia europea.

Napoléon François Joseph Charles Bonaparte nació el 20 de marzo de 1811 en el Palacio de las Tullerías, en París. Su nacimiento fue celebrado con gran pompa. Era el heredero que aseguraba la continuidad dinástica del régimen napoleónico. En Francia y gran parte de Europa, su nacimiento fue un evento político de alto simbolismo: consolidaba la alianza entre Francia y Austria mediante el matrimonio de Napoleón con María Luisa, hija del emperador Francisco I de Austria.

Apenas tres años después del nacimiento de su hijo, Napoleón fue derrotado por la Sexta Coalición, abdicó el 6 de abril de 1814 y fue exiliado a la isla de Elba. María Luisa no acompañó a Napoleón al exilio, sino que se regresó a Austria con su hijo, iniciando una separación definitiva entre padre e hijo.

En 1815, durante el breve regreso de Napoleón conocido como los Cien Días, el emperador intentó reconstruir su imperio. Al ser derrotado definitivamente en la batalla de Waterloo, abdicó el 22 de junio de 1815 a favor de su hijo. Así, Napoleón II fue proclamado emperador, aunque nunca llegó a ejercer el poder. Su reinado duró, en teoría, solo unos días, y jamás fue reconocido oficialmente ni por los aliados ni por el gobierno provisional francés.

En Austria, el Aguilucho creció bajo la estricta supervisión de la corte de Viena. Allí se le negó el uso del nombre Bonaparte y se le dio un nuevo título: Duque de Reichstadt. Aunque se le reconoció su dignidad aristocrática, vivió como un prisionero de lujo, vigilado constantemente para evitar que se convirtiera en un símbolo del bonapartismo.

A medida que crecía, Napoleón II desarrolló una personalidad introspectiva y melancólica. Educado con disciplina y refinamiento, mostraba interés por la historia, la música y el arte militar. Hablaba francés, alemán e italiano y se le reconocía inteligencia y sensibilidad. Sin embargo, su salud fue siempre frágil, y sufría de tuberculosis, enfermedad que finalmente lo llevaría a la tumba.

La figura de Napoleón II fue idealizada tanto en vida como en muerte. El apodo “el Aguilucho” le fue dado en alusión al águila imperial napoleónica. Su corta vida y su muerte prematura lo acercaron al perfil del héroe trágico, alimentando la literatura y el arte del siglo XIX. Escritores como Victor Hugo y dramaturgos como Edmond Rostand lo convirtieron en figura poética. La obra teatral “L’Aiglon” de Rostand, estrenada en 1900 con Sarah Bernhardt en el papel del joven duque, consolidó su imagen en el imaginario colectivo como mártir del destino.

Desde niño le enseñaron quién era su progenitor y lo que había representado para Francia. Se decía que conservaba retratos del emperador en secreto y que soñaba con poder reivindicar algún día su nombre. Por su parte, Napoleón en el exilio de Santa Elena se lamentaba de haber perdido a su hijo y expresaba la esperanza de que algún día pudiera retomar la causa imperial. Sin embargo, ambos fueron víctimas del equilibrio de poder impuesto por las monarquías restauradas. Esa esperanza quedó enterrada con ellos.

Napoleón II murió el 22 de julio de 1832, a los 21 años, en el Palacio de Schönbrunn, Viena, víctima de tuberculosis. Su muerte, en soledad, lejos de Francia, causó conmoción entre los bonapartistas, quienes lo vieron como un mártir del nuevo orden europeo impuesto por el Congreso de Viena. Durante más de un siglo, su cuerpo permaneció en Austria. Sin embargo, en 1940, por orden de Adolf Hitler, quien deseaba congraciarse con el pueblo francés durante la ocupación de ese país, sus restos fueron trasladados a Francia. Hoy reposan en los Inválidos de París, junto a los de su padre, en una tumba de mármol que representa la reunificación simbólica del linaje napoleónico.

Fue así como el Aguilucho se convirtió en una figura de profundo contenido simbólico. Representa la herencia interrumpida, el poder perdido y la memoria de un Imperio que cambió Europa.

Traductor, intérprete y filólogo.

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