“ANDA Y HAZ TÚ LO MISMO”
El letrado del Evangelio de hoy, que preguntó a Jesús a quién debe tratar como prójimo, es decir, “compañero”, supuso que esto sólo podía ser posible entre los hijos de Israel, nunca con paganos.
Tengamos en cuenta que las normas rituales declaraban impuro y, por lo tanto, inhábil para actos de culto a quien hubiera tenido contacto físico con un herido; por esta razón, por motivos culturales, el sacerdote y el levita dieron un rodeo y evitaron acercarse a un hombre que yacía como muerto en su camino.
La parábola de Jesús es una crítica al comportamiento ritualista de los sacerdotes y levitas. La conducta de un extranjero debió avergonzar a cuantos se consideraban hijos de la Ley de Dios y no lo eran. El letrado había preguntado a Jesús por el “objeto” del amor, quería saber a quién debía considerar como “compañero” y prójimo; pero Jesús respondió al letrado mostrando, en una parábola, quién se comporta como prójimo; le dijo quién es el “sujeto” del amor.
Con ello le dijo que “prójimo” debe ser para él cualquiera que tenga necesidad y le salga al paso en su camino. Lo urgente no es saber a quién debo amar, sino si estoy verdaderamente dispuesto a amar. Por eso, Jesús terminó su exposición con un imperativo: “Anda y haz tú lo mismo”. No se salva el que sabe lo que debe hacer, sino el que lo hace.
Así, un cuerpo ensangrentado, las rocas rojas de los montes y el silencio. De lejos, un sacerdote… y la desilusión: pasó más allá de la otra parte. Luego, un levita y, de nuevo, ¡la misma desilusión! Un giro alrededor de aquel cuerpo torturado con la repugnancia de quien quiso alejarse.
Sin embargo, un hombre despreciado por los judíos apareció en el horizonte y con siete vocablos (sólo utilizados en este relato), san Lucas expresó el amor activo de aquel samaritano: sin barreras raciales, políticas y religiosas. Cristo es el “buen samaritano” que tiene compasión de ti.
