“Uno de los principales retos que afronta la Iglesia no es cumplir con lo programado, sino lograr una verdadera evangelización que lleve a nuestro pueblo a conocer, comprender y amar a Dios. Ese amor debe experimentarse en cada misa, como fuente y culmen de nuestra vida”, expresó ayer el obispo auxiliar de Yucatán Pedro Mena Díaz, durante la misa de acción de gracias por su octavo aniversario de ordenación episcopal.
El prelado subrayó que este desafío consiste en “afianzar nuestra convicción de que lo que Dios quiere es que sus criaturas se salven”.
Durante la homilía de la misa, celebrada por la mañana en la Catedral, monseñor Pedro Mena recordó que Cristo encargó a sus discípulos celebrar el memorial de su Pascua en la Eucaristía: “Cada vez que celebramos la misa, el mismo Señor, ahora resucitado, nos hace participar de su paso de la muerte a la vida. Nos hace entrar en su Pascua. Hermanos, todos los días marchamos de la esclavitud a la libertad. Y nuestro apoyo es esa cercanía y es ese alimento: el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, su sangre derramada por nosotros. Él es el cordero cuya carne nos alimenta, cuya sangre nos salva”.
Dirigiéndose especialmente al clero, el obispo destacó la gran responsabilidad de los sacerdotes para que las misas no se conviertan en simples celebraciones tradicionales, a las que se asiste por costumbre, por temor o por obligación.
“Cuánta responsabilidad tenemos los obispos de no limitarnos a cumplir los ritos, sino de vivir auténticamente la Eucaristía para que nuestro pueblo experimente, en cada celebración, su éxodo personal: el paso de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. Cuánta responsabilidad tenemos para que de cada misa salgamos renovados, conscientes de que Dios está con nosotros”.
En el marco de este Año Santo, monseñor Pedro Mena manifestó su compromiso de vivir su vocación episcopal con mayor intensidad: “Me comprometo a recordarlo con la luz del Espíritu. Quiero afianzar una vez más mi compromiso de vivir mi vocación, discerniendo cotidianamente la voluntad de Dios, para que nunca pierda el ritmo, la consistencia ni la dirección de mi peregrinar, de nuestro peregrinar como pueblo de Dios”.
También encomendó a Santa María de la Esperanza la gracia de seguir anunciando que “la esperanza no defrauda” y se comprometió a intensificar su oración por las vocaciones sacerdotales, consagradas y laicales, así como a continuar promoviendo el discernimiento vocacional entre niños, adolescentes y jóvenes.
En este sentido, citó al papa Juan Pablo II, quien en 1979 dijo a los seminaristas mexicanos: “Vale la pena dedicarle la vida a la causa de Cristo, que quiere corazones valientes y decididos. Vale la pena consagrarse al hombre por Cristo, para llevarle a Él, para elevarlo, para ayudarle en el camino hacia la eternidad. Vale la pena optar por un ideal que, aunque implique sacrificios, también procurará grandes alegrías”.
“La certeza de que el Señor no abandona a los suyos debe mantenernos unidos en la oración y la misión”, concluyó el prelado, quien celebró la ceremonia con monseñores Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán, y Mario Medina Balam, obispo auxiliar.
Durante la misa se ofrecieron oraciones por el ministerio de monseñor Pedro Mena, quien también expresó su gratitud a Dios por haberlo llamado al servicio episcopal, así como a sus familiares, amigos y fieles que lo acompañaron en la celebración.
Tras la misa, el obispo compartió que en cada aniversario su principal súplica a Dios es que le aumente la gracia, “porque somos frágiles”.
Monseñor Pedro Mena nació el 4 de marzo de 1955 en Colonia Yucatán, municipio de Tizimín. Fue ordenado sacerdote el 7 de octubre de 1986 y recibió la ordenación episcopal el 18 de julio de 2017. Una decena de sacerdotes acompañó ayer al prelado en la celebración de su aniversario.— CLAUDIA IVONNE SIERRA MEDINA


