La Virgen del Carmen es llevada en los hombros por pescadores, como parte de la celebración religiosa en la localidad pesquera de Estepona
La Virgen del Carmen es llevada en los hombros por pescadores, como parte de la celebración religiosa en la localidad pesquera de Estepona

ESTEPONA (AP).— El silencio cae sobre la playa en la antigua localidad pesquera de Estepona, mientras el Sol se pone sobre la costa sur de España.

Hombres descalzos con camisas blancas cargan una estatua de dos metros de la Virgen del Carmen, adornada con flores, a través de la arena. Los niños se suben a los hombros de sus padres, mientras otros graban con sus teléfonos, de pie en el mar con el agua hasta la cintura. Frente a la costa, botes llenos de familias y amigos aguardan la llegada de la Virgen.

Cuando la estatua llega a la orilla, más de 90 hombres, muchos de familias de pescadores, la colocan sobre botes tradicionales y ella se adentra en el mar. Cientos de embarcaciones, desde motos acuáticas hasta tablas de paddle y embarcaciones de pesca, se unen a la procesión coreando y cantando, en su creencia de que la Virgen bendice las aguas.

Por estas fechas, las comunidades costeras de toda España se unen para honrar a la Virgen, patrona de los marineros y protectora de los que están en el mar, quien también fue nombrada patrona oficial de la Armada española en 1901. Es uno de la gran cantidad de títulos marianos venerados por los fieles católicos. En Estepona, que alguna vez fue un humilde pueblo pesquero en la costa de la provincia de Málaga, es el día más esperado del año.

“Hay gente que no se baña hasta que la Virgen entra al agua ese día”, dice Isabel Moreno, secretaria de la Hermandad del Carmen en Estepona, la cofradía religiosa católica que organiza el evento. “Todo el mundo quiere acercarse a ella. Protege a nuestros pescadores, a los vecinos, a los que nos visitan, a todos nosotros”.

Todo comenzó en Estepona en 1962, cuando seis marineros adquirieron la estatua para acercar esta tradición católica a su pueblo. Desde entonces se ha convertido en una celebración de todo el día que comienza con una misa al aire libre, juegos temáticos del mar y —por primera vez este año— una carrera femenina de botes.

Un concurso popular llamado “cucaña” desafía a los jóvenes a caminar encima de una viga de madera engrasada suspendida de un bote para agarrar una bandera antes de caer al agua.

La estatua sale de su capilla por la tarde y es llevada por las calles mientras los residentes lanzan pétalos de flores, interpretan canciones tradicionales llamadas coplas y la llaman “estrella de los mares”. Navega a lo largo de la costa y luego regresa a tierra, antes de ser llevada de vuelta a su capilla.

“Antiguamente esto era una tradición solo de marineros, pero ahora es una tradición para todos”, asegura Alfonso Ramírez, jefe de la hermandad e hijo de uno de sus fundadores.

En los últimos años, añade, los organizadores trabajan para hacer que el pueblo se sienta incluido, independientemente de si la gente tiene raíces pesqueras o no.

Presencia del turismo

Estepona, al igual que muchas ciudades costeras españolas, ha sido transformada por el turismo. En verano, su población se duplica de 78,000 a casi 160,000. La pesca artesanal ha disminuido, dicen los capitanes del club marítimo, incapaces de competir con las flotas industriales y cada vez más amenazados por especies invasoras como el alga asiática, que ha impactado gravemente la biodiversidad marina del país durante años.

Para compensar la pérdida de ingresos por la pesca, muchos botes que antes capturaban boquerones ahora llevan turistas.

Pero cada año, por una noche de julio, Estepona regresa a sus raíces, con fe y memoria que llenan las calles y la costa.

Pasada la medianoche, Ana Ruiz, de 86 años, se sienta afuera de su casa en uno de los barrios más antiguos de Estepona. Observa la procesión regresar a la pequeña capilla donde la Virgen descansará hasta el próximo año.

“Cuando yo era niña éramos todos gente del mar, con una vida humilde”, dice Ruiz, cuyo difunto esposo cargó a la Virgen durante 33 años. “Muchos nos fuimos de migrantes a Alemania y por ahí. Ahora son nuestros vecinos los extranjeros, pero queremos que quieran a la Virgen como la queremos nosotros”.

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